Victor Roura
Nació en Mérida, Yucatán en 1955 pero ha vivido en el D.F. desde temprana edad. Estudió la carrera de Comunicación Gráfica en la UNAM. En 1972 comenzó a escribir en las entonces revistas contraculturales de rock (entre las que se cuentan las míticas México canta, Melodía diez, Años después y Las horas extras). Para luego encargarse de la dirección de alguna de ellas a lo largo de tres lustros. Ha colaborado en innumerables revista y ha sido guionista de Radio Educación. Ha impartido clases de periodismo en la UNAM y en diferentes instituciones de la ciudad de México y del interior de la república. Fue coordinador de información cultural del diario Unomásuno de 1982 a 1984 y trabajador de esa empresa periodística casi desde su nacimiento en 1977. Fue fundador de La Jornada y jefe de la sección cultural en su primer año. Hoy en días es editor de las páginas culturales de El Financiero, que inaugurara en agosto de 1988. Ha publicado una veintena de libros entre los que se cuentan: Reflexión tardía, Negros del corazón, Apuntes de rock, El viejo vals de casa, Diaria escritura, Polvos de la urbe, Cuento para Melissa, La ira de Dios es mayor, Las bailarinas, La luna en la mano, El destino del telegrama, Nombres con mujer adentro, 15 de octubre, Madrugada, Desde el mirador, El diluvio y la Cebolla.
SUSURROS BAJO LA ALMOHADA
I
No puedo, amor,
sino respirarte
cuando tu ausencia
Me crece en el cuerpo.
es una tortura el deseo,
y no lo digo como una suposición.
II
No sé de ti
todas las noches,
no sé que lugar
ocupo en tu desnudez,
ignoro si en tu tus sueños
miras mis ojos.
¿Por qué a veces
te siento tan lejos
o es que tu vuelo
de ave sigilosa y furtiva
es tan raudo que pasas muy cerca
pero no me hablas y no siento
tu aliento de rosas
debido al viento que me toca?
III
Yo no quiero amarte
después de tus enamoramientos.
No te quiero postrada
en tus recuerdos.
Me duele no haberte amado
cuando nada sabías del amor.
Te quisiera
sin ningún pensamiento
de amor con historia,
tu boca sin un beso anudado,
tu cintura nunca besada,
tu cuerpo no recorrido
por dedos urgidos
y desesperados.
IV
Mas qué cosas sin razones yo digo,
mas qué baile de dislates inconcebidos,
mas qué rosario de impertinencias deshilvano.
Porque te quiero, mujer,
con tus ayeres
de susurros bajo la almohada,
porque alguna vez rompiste el llanto
mencionando un nombre que no quiero oír,
porque besaste con pasión furiosa
es que hoy me besas
con delirio callado.
Te quiero con tu vida vivida,
con tus lunas llenas compartidas,
con tus bebidas en los bares a destiempo,
con tu aroma sumido
en otras pieles,
te quiero porque tu nombre
es delicado
y se rompe en mil esquirlas
cuando lo escribo.
V
Te quiero, mujer,
no porque ya te han querido,
sino porque yo sé que te quiero
escribiendo tu nombre
como nadie lo ha hecho
en tu boca con sus fieros labios.
Es una tortura el deseo cuando el deseo
ha permanecido quieto y maravillado,
respirando por un cuerpo intocado,
no tocado sino por el corazón.
VI
No sé de ti todas las noches,
no sé qué lugar ocupo ahora en tu desnudez,
ignoro si en tus sueños te despiertan mis besos.
¿Por qué, amor,
a veces creo que estoy tan solo
y que tu eres un ave de vuelo
sigiloso y furtivo,
que cuando pasa a mi lado
lo hace de modo tan raudo
que su viento no me nombra,
pero tampoco me toca?
Te quisiera, tal vez,
menos fascinante,
menos avasalladora,
para decirte al oído
unas cuantas cosas vulgares,
unas cuantas cosas que te hagan sonrojar,
que te hagan decirme un sinnúmero
de razones violentas para adorarme. |