Pierre Clavilier
Relato. Adaptación libre del Mahabarata
Fragmento:
Virasema, quien reinaba en el país de Nishadhas tuvo dos hijos. El mayor, Nala, era tan hermoso que habría puesto encelado al inmenso Indra, señor de las tormentas quien reinaba en el mundo invisible. Cuando pasaba él por las avenidas de la ciudad real, a la cabeza de su ejército, se asemejaba al sol en toda su gloria. Era valeroso y, a la hora de las batallas, actuaba como un héroe. Era devoto. Nala conocía todos los Vedas y protegía a los brahmanes recitando las mantras. Quién le veía no podía olvidarlo y, por los caminos que atraviesan el mundo, se repetía infinitamente sus méritos.
Pushkara, su hermano menor, era pequeño y débil. Prefería vivir en las sombras, por eso la población sólo le veía de vez en cuando. Huía de modo sistemático de la multitud y permanecía siempre oculto cuando Nala organizaba fiestas. Nadie podía afirmar si era él indomable o acaso despreciable. Tenia él, se solía pensar, por única ambición vivir ignorado por todos.
A Nala le gustaba mucho domesticar a los caballos; el más receloso no le provocaba ningún temor. Los montaba y sometía a sus órdenes, los reducía entonces a una extrema docilidad. Para divertirse, solía desafiar a los conductores de cuadrigas. A todos les había vencido.
Después de asistir a los Consejos, donde el monarca se ocupaba de los asuntos del reino, Nala solía tener a menudo el gusto de distraerse jugando a los dados. Tenía suerte, sin embargo, jamás el rey conservaba para él las ganancias que obtenía; las distribuía equitativamente a todos los anacoretas, así como también entre los más humildes. Sucedía a veces que con el bullicio de los juegos Pushkara saliera de su escondrijo. Seguía entonces el desarrollo de la partida sin participar jamás y lanzaba miradas envidiosas sobre las ganancias de Nala, así, cuando los beneficios eran distribuidos en limosnas, levantaba de forma imperceptible los hombros.
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En el país de Vidarbhas reinaba un monarca generoso llamado Bhima. Tenia él una hija que respondía al suave nombre de Damayanti: bonita entre todas las doncellas. De rostro, era ella más encantadora que el astro afable de las noches. Su mirada tornaba ligeramente ridículos a los poetas que cantaban los encantos del loto. Tenía ella el tinte inocente como el oro. Sus largos cabellos pasaban alegremente cerca de la tierra. Uno hubiera podido tomar su joven pecho por dos copas invertidas. Por sus labios, de radiante sonrisa, volaba una voz de tal armonía que parecía siempre melodiosa.
El rey Bhima, que idolatraba a su niña, le había dado, para servirle, a las más bonitas jóvenes del país. Damayanti, entre ellas, brillaba semejante a un relámpago resplandeciente entre las nubes oscurecidas. Bastaba con percibirla a fin de sentir el alma desbordante de alegría, por eso los numerosos nómades cruzaban el reino de Vidarbhas para homenajear, sobre el resto del universo, el esplendor único de la joven Damayanti.
Ya se anunciaba el tiempo en el cual debería ella escoger a un esposo, a menudo a causa de ésto permanecía atormentada. Cuando sus domesticas la ataviaban y preparaban, Damayanti parecía estar en otra parte, completamente desatenta a sus frágiles palabrerías.
¿Cuántas veces se había repetido delante de la bella princesa: "¡Nala es el más gallardo de los reyes!"
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¿Cuántas veces se había repetido delante del rey Nala: "¡Damayanti es la más hermosa de las princesas!" Nala pensaba diariamente en aquella desconocida llamaba Damayanti. No encontraba ya satisfacciones dentro de las suntuosas salas de su inimitable palacio. Escuchaba los discursos de sus ministros manifestando una excepcional impaciencia. Nala sólo intercambiaba ahora breves palabras con los representantes de los soberanos vecinos. El monarca buscaba constantemente el aislamiento.
Nala solía ocultarse en los confines de los jardines reales. A la sombra tupida de árboles de frescos perfumes, el rey entrecerraba sus ojos. En el juego impalpable de la luz oscurecida, creía percibir una ligera aparición. Exclamaba. "¡Es ella! Es Damayanti. ¡La bien amada viene hacia mi!" La aparición se desvanecía simultáneamente. Nala quedaba profundamente consternado.
Cierta vez, mientras Nala cazaba, observó a un cisne de alas de oro. Desde el cielo el animal parecía tomar la dirección del bosque donde el joven rey se había refugiado. El pájaro le dijo: "No me mates, oh, rey. No merezco tal suerte. Si me dejas a salvo, sabré recompensarte. Recorrería yo entonces los cielos para alcanzar el espléndido reino de Bhima, el país de Vidarbhas, encontraría a la encantadora Damayanti. Sabría ella que es amada por el rey Nala, el más gallardo, el más grande de los reyes de la tierra, entonces ella no desearía a otro señor que no sea él".
Nala expresó una sonrisa. Una lágrima de júbilo destelló en su mirada. Libre ahora el cisne emprendió un veloz vuelo para alcanzar el reino del Vidarbhas como acababa justamente de prometerlo.
***
Damayanti, acompañada de algunas mujeres, paseaba en un suntuoso jardín cubierto por el sol. Allí, había un vasto estanque enteramente florecido de loto. Damayanti sintió repentinamente el irresistible deseo de bañarse. Nadaba ella con gracia cuando el cisne de las alas de oro se posó sobre la superficie ondulante. Damayanti lo admiró detenidamente.
-"¡Acercate, cisne desbordante de elegancia!" Le pidió la princesa. "Acercate a mi." Me será tan suave sentir bajo mis manos la maravilla de tu plumaje.
Sin embargo el animal parecía no oír la demanda; huía y Damayanti se divertía procurando alcanzarlo. Permaneciendo sobre el borde del estanque, las escoltas se divertían con la agradable persecución. Las sonrisas que sus ligeros labios expresaban no hacían más que animar a la joven princesa.
El cisne atraía a Damayanti a los alrededores de un fresco césped , ligeramente distante, costeando la extensión del agua. El pájaro descendió y aguardó a la princesa. Desnuda y conmovida, todavía fluyendo de su baño, la joven Damayanti se deslizó sobre la hierba. Gritaba y reía simultáneamente: "Ya te tengo, magnífico pájaro, eres mío, si me has vencido en la natación, no será así al correr."
El pájaro inmóvil le respondió con una tonalidad encantadora que no huiría, puesto que había logrado alejarla de sus escoltas, sabiendo que tomarían ellas suficiente tiempo para alcanzarlos. El cisne declaró hacerse presente como un mensajero. El emisario añadió inmediatamente: "Damayanti, en el país de las Nishadhas reina el rey Nala. No tiene igual entre los hombres. Cuando se le ve, uno se pregunta si Kandarpa no se encarnó en este valeroso príncipe. Es tan valiente como sabio. Si sus enemigos le temen, no teme él a sus enemigos A menudo, ¡oh, bella entre todas las bellezas, se ha oído celebrar tu reputación y este príncipe te ama, oh, Damayanti ! Te ama. Cuando te haga su esposa conocerás el verdadero placer. Amale entonces. Yo, que vivo en los cielos, reino de dioses y diosas, no podría nombrar un sólo dios que sea tan gallardo como Nala, y no podría nombrar una sola diosa que sea tan hermosa como Damayanti. ¡Eres una perla entre las mujeres, oh, bonita princesa! ¡Que a la mejor se una pues el mejor! "
Damayanti escuchaba atentamente al cisne observándolo tiernamente, los labios entreabiertos con la alegría de una nueva flor. El pájaro de las alas de oro no volvió a hablar. La joven virgen quedó largo tiempo tendida sobre la hierba verde, en silencio, bajo un poderoso sol que secaba su joven cuerpo. Reflexionando, ella se acercó al mensajero para acariciar ligeramente su extraordinario plumaje.
- Vuela querido pájaro- suplicó Damayanti- Vuela pájaro de las alas de oro hacia el rey Nala. ¡Nala, el hombre de las mil virtudes! Que se ponga en marcha recorriendo las montañas y los desiertos, que aparezca finalmente en el país de mi padre y, si es el más gallardo de los reyes, no le desagradará la más humilde de las princesas. Y esta princesa será feliz.
La joven virgen, los ojos llenos de nuevas luces, dio un furtivo beso al cisne quien, de un ágil golpe de alas, se elevó hacia las tierras donde el generoso Nala soñaba. |