Mario Antonio Rosa
Nació en Puerto Rico en 1964. Estudió Educación Elemental en la Universidad de Puerto Rico.
Publicaciones: Misivas para los tiempos de paz, Editorial Isla Negra (1997), Tristezas de la erótica, Editorial Isla Negra (2003), Duelo a la transparencia, Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña (2005). Cronista cultural en México (1998-2001)para los periódicos Siglo XXI, y el suplemento cultural Armario, adscrito a la Universidad de Guadalajara. Produjo el programa Páginas de Puerto Rico y El Caribe bajo Radio Universidad de Guadalajara.
n la actualidad es maestro de Metodología de la enseñanza para niños de 4to a 6to grado, en la Universidad de Puerto Rico y la Universidad Metropolitana, y columnista del semanario puertorriqueño Claridad, y Diálogo. También es productor en la compañía de teatro Cundiamor, cuya filosofía es el teatro clásico y de arte, como alternativa educativa a los pueblos.
Duelo a la Transparencia (2001-2003)
VII
Nunca alcanzo a imaginar el faro en la boca del atardecer;
es como la lucha de dos gaviotas y un astro fatigado
ninguno devora la belleza del otro, y sin embargo rendidos
hacen tanto amor en la ceniza del mundo.
Ahora pienso en un lejano amor;
cerca de mi hombro ha puesto sus dos manos
y la noche rueda desde las aguas del mar, no desde el cielo.
Sólo la espada en luz de piedra, azulosa y ciega al dolor
se pone a descansar en mi cara, salitre vespertino de los que marchan.
Espero mi rastro,
espero la piel de mi rastro
el espejismo del rastro que hace tiernas víctimas
del camino, la zozobra, o la casa fija,
espero todo del caminar
aquí estoy, suavemente solo
deambulante entre el aire que lleva imágenes
pátinas donde entre la madera un duelo se hace amor.
Los faros con ese claro espectro de lluvia;
atracados por una noche donde un sol palpita en alas
un sol bordado en un grito casto
un sol donde llueve el próximo mar de centinelas.
Los abrazos se esperan, se esperan los sonámbulos, el agua espera
el aljibe espera la figuración del rostro acercándose
algo espera siempre aunque tiemble la mejilla
la muerte también ama esperar el sisma de su elegido.
Ahora espero la vuelta torcida de esa luz azulosa
como luz de miedo y a la vez un largo báculo donde a señales
los barcos y el sueño buscan el ronco puerto
una vez, el ancla se suicida ahogándose a la firmeza
me sucede el acto de esperar
no recuerdo a quién
pero espero de la lejanía un viejo milagro.
VIII
He visto la serpiente en el agua descubriendo
el torso de su ángel asesinado.
La serpiente temida en la ternura, dos fronteras de una sombra.
Surcando en su aparición el arcoiris amargo
hablando en sus frescas rocas al precipicio.
Mi equivocación hacia la tierra sin frutas;
la estera entre los arenales vacíos
la noche aquella entre el sonido del desierto
el ángel en pedazos sostenido por los ecos
una hoz que madura en la herida del nombre que invoco.
Pero la serpiente es la belleza más sedienta;
y en el agua, es la semilla del minotauro
al que todos los hombres desnudan y le beben auras
de modo que la costumbre de iluminación es seca
y queda en cada pecado, como una rosa enamorada.
Luego de este beso y los equipajes
ha surgido la serpiente
claro deseo de sueño
lento arrastre hacia la luna.
Como en esas vueltas sin blanco y negro del pincel
quedan las maravillas del veneno, y la visión que vivo
la visión de estar fundido entre ángel, sierpe y agua
deshabitado de todos mis hogares, sin boca para besarte
y sin el gemido que me acerca a tu perfección, humana y libre.
Así,
morir es solamente un instante;
un segundo en la cortadura del pecho, una quimera
que sonríe y abre los brazos como una loca feliz.
Y que del agua he nacido
ahora como un celaje lleno de sauces y de peces
matutino, amarillo, cantándose en alfileres
recordado por otras vidas, y por otras vidas seducido
y a veces, viendo desde lejos, el aire de la cigarra.
Por esta noche
cuando las alcobas se abran vacías
se encuentran nuestras desolaciones
en este amor por siempre cantaremos al vacío
en este amor
con el poder de tus labios cerrados. |