Ignacio Martín
Nació en Salamanca España en 1968. Reside en la Cd. De México, país del que adquirió la nacionalidad. Filólogo. Vino a México hace doce años, para realizar estudios de maestría, dedicándose a la obra de Juan José Arreola. Ha llevado a cabo diversas labores, siempre relacionadas con la lengua y la literatura. Tras desempeñarse como corrector en varias editoriales, trabajó como redactor en televisión. En la actualidad, labora en el Consejo de la Judicatura Federal, en la Dirección General de Comunicación Social, como editor y revisor de textos.
Como autor, ha publicado el poemario Luz tan fuerte que se escucha, en Editorial Factor, así como colaboraciones periodísticas en diversos medios, impresos y digitales; ha aparecido en la antología Palabras de paso: poetas en Salamanca: 1975-2001.
Hace diez años
Aristaráin me hizo salir,
me hizo buscar mi lugar en el mundo.
Hoy,
el tiempo habla poco,
aunque
sigue diciendo que puede uno venderse,
mas nunca claudicar;
todo
menos entregarse.
Y,
sobre todo,
que no tengo más patria que Pilar.
Ni modo,
mi lugar en el mundo tiene mucho
de
lugar común.
Así pues,
para muchos,
no soy más que un apátrida.
Desde luego,
de esas patrias de trapos de colores,
he conseguido serlo,
a Dios gracias.
Ya lo dije en un verso,
ya lo habían dicho antes,
mi patria, si existe,
está donde se encuentren mis amigos,
mis afectos.
Mi patria son mis amigos.
Ya ven,
al final, resulta que lo que voy a ser es
multipátrida.
Salamanca me duele.
No sé si es el dolor agónico de Unamuno,
aunque a él le dolía España.
No sé,
pero me duele.
Me duele, aunque la goce;
quizá ése es el problema:
que siento vivos los recuerdos,
pero una realidad,
a veces,
como de naturaleza muerta…
O casi.
Ya lo había escrito alguna vez:
VIVIR ES RECORDAR…
Disfruto la nostalgia
y la memoria.
Y es que el futuro no parece ser lo que esperábamos,
sin dejar de ser lo único posible.
Por eso,
como me encanta perderme en los recuerdos,
pasear por la nostalgia,
en este atardecer de otoño, esta Salamanca,
mi Salamanca,
es eso,
mía…
Y no me la quita nadie.
La belleza puede ser opresiva
opresiva
opresiva
opresiva
opresiva
obsesiva
El tiempo detenido
puede
ahogar
Aunque la belleza sea eterna
y el tiempo no exista.
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