Selección de poesía Gabriel Impaglione

Por Lina Zerón

Gabriel Impaglione. Argentina. 1958. Su más reciente poemario: Letrarios de Utópolis, Editado por Linajes Editores, México, esta constituido por varios capítulos de una gran concisión en el lenguaje poético. En los primeros textos se puede leer con claridad que es una obra fundada en una poiesis que expresa el espacio original de su mundo; la experiencia estática amorosa ligada a la presencia / ausencia del ser amado. Arte poético éste, que bajo el dictado de la « inspiración » del amor, deviene conocimiento de la inmensa soledad de los cuerpos separados y del mayor acontecimiento que es el encuentro del amor.

 

Hace una larga hora

 

Hace una larga hora

tú, palabra mágica,

rumor del aire en la casa,

tú, la distante que llega como la noche

al merodeo del poema,

que late en mis manos y se alza,

ala y ala,

en un canto infinito.

Tú, que me faltas.

 

Cuando yo salía rumbo a cualquier hora

 

Cuando yo salía rumbo a cualquier hora,

como un pez en la corriente de la noche

tu boca trajo la insurgencia del canto

pincelado en la cabalgadura de las palabras.

 

Venías de caseríos extraviados en la historia.

Desde lo profundo de todas las preguntas

buscabas la hora, tal vez, que yo buscaba.

La razón del poema que en ti y en mí dormía.

 

Lo que no supimos, lo que nos fue negado,

todo aquello, mujer, que jamás será dicho

ha sido tragado por la noche del siglo.

 

En el hueco de un grito en medio de la piedra,

en su campana de altura caída,

muerde las palabras un eco moribundo.

 

 

 

Viniste con tus labios a mirar mi vida

 

Viniste con tus labios a mirar mi vida

y en su mediodía traías un caballo rojo.

 

También ramillos de viento cereal,

espirales de nácar, tréboles de ocho hojas.

 

Yo no lo sabía. Me traías contigo.

Llegabas a entregar lo que habías encontrado.

 

A dejar en mi casa lo que te dio el camino.

Todo lo que a tus manos se rendía.

 

Contigo pude verme en el espejo de las horas.

Ya latían en mi boca los besos que nos dimos.

 

Qué amo de todas las que eres?

 

Qué amo de todas las que eres?

De tantas como has sido?

Llegas a mi pecho calladamente

alegre, pequeña constelada

ave tiritando

de frío, de distancia y de deseo.

Qué amo de cuanto ofreces?

De la luna encendida que derramas

cuando callas,

de tu esmeralda cuando miras.

Qué amo de lo que traes en la boca?

Qué palabras, qué luz cuando deslizas

tus labios en mi quietud de esperas.

Qué advierto, mujer, en ti,

en tu soberana hora mía,

qué esencia cuando todo lo ocupas?

Cuando estableces la luz y el aire,

o llegas simplemente a despedirte,

a dejar tu sustancia como un canto.

Qué amo de todas las que eres?

 

Yo que apenas supe de la hoguera

 

Yo que apenas supe de la hoguera

caí en la crepitación de sus esencias,

ardo todavía mientras miro

el centro del amor consumirse en vano.

 

No te quemas, mujer, no te quemas.

Se consume en esas llamas

lo que juntos no hemos sido,

ni tú ni yo, sólo un nosotros tan distante

 

que no podríamos jamás reconocerlo.

Lleva tus ojos y mi andar callado.

Tu risa ofreciendo una paloma.

 

Mis brazos enredados en la noche.

Todo lo que no hemos sido, mujer,

lo extraviado en nuestra larga ausencia.

 

 

Convalecencia de ti

 

Convalecencia de ti,

de tu vorágine, de cada furia de néctar,

de toda hondura de volcán y trébol,

de tanto trajín para los labios,

de repetida hora extra en tus andamios,

de plenitud sin previo aviso,

de cada instante ahora, ay lejana,

de todas las esperas que se ovillan

en mi umbral y duermen

con su oreja atenta a tu llamado.

 

Besarte hasta callar de pronto la noche

 

Besarte hasta callar de pronto la noche

encendida en su jazmín rodante.

Hasta dolernos los huesos de deseo,

hasta no ser sino una inmensa gota

de luz que te rodea.

Besarte hasta hacerle un hueco al planeta

por donde una mansa corriente

llene de pinceles lo oscuro del siglo.

Besarte hasta quedar sólo conmigo

dormido en lo profundo de tu nombre.

 

 

Qué gota de ti permanecía

 

Qué gota de ti permanecía

inalterable entre mis dedos.

Qué rosa indescifrable

durmió en los desvelos

del hombre que yo era.

Dónde has sido existiéndome

hasta encontrarte.

 

Hombre que te mira

 

He esperado no sé ya cuántos siglos

hasta dar con la hora de tus ojos,

labor de pincel para narrarte

para dar testimonio de tu hondura.

Obsesión intangible de guitarra

de rumor de océano en tu nombre.

Viento calendario repitiendo

su voracidad llena de extravíos.

Aquí tienes un hombre que buscaba

en círculos de fuga, el instante.

La pura bandera desplegada,

la casa del amor establecida.

Conocía el brillo que tú traes

en el corazón del canto cuando miras.

Todo fue procurar la savia

en una vieja rama vencida

hasta dar con el día de tus ojos.

Aquí tienes un hombre que te mira,

que ama mientras tanto y te mira

que ama lo que eres y te mira

como si todo aquí y ahora fueras tú

en una ancha mirada que no acaba.

 

Con este oficio de pentagrama

 

Con este oficio de pentagrama

que me traes cuando entre mis brazos

abandonas tu cuerpo en el oleaje

de la noche quieta.

 

Digo, con ésta ocupación

de pulsar el canto que tú guardas,

la dulce vibración de la sangre,

la leve percusión de tus caderas.

 

Digo, este milagro de tí

y su resonancia perdurando

en las horas de la casa atardecida.

 

Con este oficio

que he aprendido de tu boca,

me voy ahora al coro de la noche

a componer el eco de tu nombre,

a nombrar todas las cosas que tú eres.

 

Sobre la piedra hundida en esta noche

 

Sobre la piedra hundida en esta noche

de niebla y trenes raspando el horizonte

me duele el equilibrio de esperarte.

 

Tu nombre me lleva hacia el viento

y en esa corriente extravío el canto.

 

Ay patria mía que tú eres,

me dueles pariéndome y necesaria.

 

En la hora ausente que subleva

la sangre y este puño de cantar victoria,

tú, todas las cosas, nunca distancia.

 

Degustación

 

En esta ciruela

llena de corrientes

de roble y de vainilla

la evocación de tus labios

su cereza ofrecida

la persistencia del aire

manso de tu boca.

 

Ajedrez

 

He sido un pésimo estratega

movimientos torpes

con vencido caballo desbocado

y tres peones alzando picas

blasfemias en mi contra.

Nunca supe

darle buen destino a los alfiles

las torres llenaron de escombros

mis ángulos extraviados.

He perdido la dama

sin mover una pieza

y el rey es apenas títere grotesco

de mis deshoras.

El caballo sobreviviente

galopa la triste cuartilla

de un destierro inútil.