EDUARDO GARCIA AGUILAR


Nació en Manizales (Colombia) en 1953. Reside en París y ha vivido en Bogotá, Estocolmo, San Francisco y Ciudad de México. Ha publicado entre otros libros las novelasTierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987), El viaje triunfal (1993) y Tequila coxis (2003), Urbes luminosas (1991) y los poemarios Llanto de la espada (poesía, 1992) y Animal sin tiempo (de próxima publicación). Algunas de sus novelas y ensayos han sido traducidos al inglés, francés y bengalí. También es autor de  Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Alvaro Mutis (1993) y Voltaire, el festín de la inteligencia (Panamericana, Bogotá, 2005), entre otros libros.


MÁQUINAS AL AMANECER



Los dos en cierta luminosa morada
mudos por el esplendor del encuentro
desnudos sobre la alfombra roja

Mientras el nuevo día con sus pájaros verdes
golpeaba paredes blancas y un ajetreo de árboles
en el ciego instante removía las hojas del otoño

Ambos -conejillos de Indias- entre miradas nítidas
sin una palabra mirándose sobre lejanas músicas
extrañas olas de minutos -palpitaciones-

Desnudos como ciertas máquinas al amanecer
en su óxido innecesario -en su hidra repetida-
perdidos cual millones en el otro hemisferio

Mudos con venas a punto de estallar solitarias
para alargar la noche o huir del abismo
en la inútil quimera de impedir el desquicio
de añejas aguas -de petrificados aluviones-
que arrasan sin piedad cada milagro anunciado
en habitaciones como pesadillas de perfección
o en vanas estancias a donde se llega sin saber




FUEGO DE AMAZONAS


Una serpiente cruza la manigua
y vapores de tarde humedecen las pieles
de quienes huyen entre el verde follaje
cargados de alacranes sin ojos y con venas
 
Una mulata boga hacia la ciénaga
donde moran las iguanas de su inútil deseo:
enormes y fugaces reptiles averiados
que chillan en almohadas azules como cœpulas

En el catre marcado por los cuerpos
hallará la paz de las espinas
y un mordisco en la nuca hará brillar sus ojos
de loca en el sanguíneo crepúsculo

¿Cuantas manos recorrieron sus muslos
donde perdidas bocas signaron su derrota
ávidas de un placer que nadie anota
en la vieja bitácora del uso?

Las boas a lo lejos atisbantes se yerguen
cascabeles resuenan en la negra hondonada
donde las aves muerden sus pescuezos
y perecen ahogadas en estanques

Ningún amor se escribe con palabras
cuando el loro repite maldiciones
de marineros lúbricos tras negras
entre insaciables cánticos de insectos


ARS MEXICA


La oscura india con sus gruesos labios
nombra los secretos de su raza
junto al soporte ritual del sacrificio

En el moderno templo de antropología
niños de la noche prehispánica
corren avorazados entre mariposas
tras sus piernas de piedra semiocultas
por la extremada minifalda

Habla con la seguridad de su belleza
su firme seno entre la blusa verde
mientras el sol de julio cruza las ventanas
y roza los pies de la Coatlicue

Negra y porosa la piedra del Popocatepetl
labrada en su delirio por Mexicas
absorbe su docta clase autóctona
en la lengua brutal de su Cervantes
Aceites de su piel indígena
humedecen las rutas de su cuerpo
y Tláloc -Dios de lluvia- languidece
entre secos arbustos que se encienden



LECHO DE DATURAS

 
La araña de su cuerpo dorado
sobre el túmulo de seda
convoca a cierto rito de esta carne

Uno a uno en su lecho de daturas
conoció la mirada de cristales
la febril inyección de su veneno

Cada quien esperaba en la ribera
el signo de su feroz llamado
y locos cual súcubos volvíamos

A devorar su cuerpo y a gritar en la sombra
la dicha de ser nadie entre sus brazos
ajenos ya al bullicio de los puertos


NUBES DEVORADAS



Nadie en la vieja estación abandonada
verá su rostro hundido en la penumbra
junto a la tumba sin busto sin lira ni laureles

Obstinada en la tarde la mujer vaga sola
y su olor se dispersa en los jardines
donde sus largos muslos inquietan tulipanes

Antígona con nubes devoradas
su aroma para nadie en un estanque sin horas
Ifigenia de fuego su carne enloquece al pez espada

Visiones que los tiempos no diluyen ni sacian
de esas hembras nupciales en sandalias
cubiertas de sudores marinos y aroma de daturas








FELINA BESTIA



La palabra mujer trae su aguja
y cada monje lívido en secreto
el venablo recibe entre sus cánticos

Cuando la tarde es gris y huracanada
en los lejanos valles y las sierras
misántropos se inyectan el narcótico

Nadie pinta en el bosque a la felina bestia
que ruge en las cañadas cristalinas
sólo espera su garra sobre el cuerpo

Los viajeros perdidos que buscan la granada
o beben de líquenes o musgos
mueren de sólo imaginarla entre sus brazos.



EN EL TEATRO GRIEGO DE SIRACUSA



Un largo silencio o un viento desolado
inunda el vacío que dejan los encuentros
en el teatro griego de Siracusa

Allá, un joven sabio descubre a una bella
que sonríe cuando llegan barcos destartalados
al viejo muelle de carcomidas maderas.

Admira su boca mojada, desea su cuerpo,
celebra sus largas piernas de aceite,
pero alguien envía emisarios
para que no pueda rozarla con sus manos temblorosas.

Viejas sombras recorren el escenario
y tras el mármol una actriz gorda llora
y bebe una copa cargada de amores imposibles.


INTEMPERIE

Abajo la ciudad con sus luces cruzadas
contra la bruma suave entre los cerros
y una mujer tiritando de frío
Ídolo fugaz de religiones muertas

Los minutos sonaban como palpitaciones
de un pájaro ancestral con alas de beduino
mientras arterias locas de sangres disparadas
unían cuerpos entre aires de estepa

Diosa de sol perdida en plenilunio
negra y menuda maga simultánea
inútil garra sin felino ni presa
en la helada intemperie lunática



VALERY LARBAUD EN CARTAGENA


Valéry Larbaud pernocta en Cartagena
y en el Hotel Colón mastica sus murallas
mientras Fermina colecciona relojes
traídos a su estancia desde Brujas

El motivo es su amor por la marquesa
casada ya y cuyo esplendor se agota
en terribles silencios y dolores
calmados por un clown con anestesia

Monsieur Larbaud delira entre sus ánimas
nombrando calles y cañones mustios
atado a la quimera de un ido amor
cuyas cenizas viajan a Goa en trasatlántico

La noche volverá a sus aposentos
donde el confort no calma sus tristezas
y la imposible bella sólo será la parca
que hace mucho trenzó su inútil pluma


EL AMANTE



No es el primero ni el último
pero teje su vida con palabras
que son algo veneno y otro tanto son miedo

Es el iluminado príncipe loco viudo
que explota en puentes sobre ríos muy mansos
por avenidas locas de ciudades ancladas

Preso por la desnuda que anuncia el nuevo invento
mientras cinco patrullas recorren extramuros
con estranguladores e infames cuchilleros

Tiene ojos desorbitados cigarrillo entre dedos
un trago en cierta esquina sobre barras untadas
es el desconsolado con cabellos estúpidos
transeúnte en la noche con su cuerpo de fiera

¿A dónde va? ¿Quién es?
su ser sube escaleras de edificios enfermos
y mujeres absurdas lo esperan entre músicas
listas a devorarlo atadas a leyendas
de libertinos en castillos de sexo


PASO POR COIMBRA


Fresco aire de Coimbra bajo el sol.
Caluroso aroma de la tarde.
Luminosidad y palmeras bajas ante el firmamento.
Todo ello cruzado por el tren Oporto-Lisboa,
fruto maduro de añejos sueños.
Pese a que intentaste besarla frente al Duero,
la bella ha aceptado viajar contigo hacia Lisboa.
Entonces el vagón está lleno de complicidad y esperanza.
La colega de oscuros lentes escribe cartas de amor
y Portugal ya no es sólo un nombre lleno de mares
y ruinas espléndidas.
Su cuerpo delgado latinoamericano sabe a Coimbra
y se conjuga y se bebe con translúcido Oporto.
El cuerpo de la viajera con camiseta blanca,
jeans y sandalias, levita en la tarde de Coimbra.
Y el corazón ardiente vuelve a pulsar
con la energía de cierta arqueológica adolescencia.
Entre su aroma también escribo cartas de amor y poemas.
El aire añejo portugués vuela sobre la planicie
rota por chimeneas de abandonadas fábricas
o impregna la maleza que repta entre rieles.
¡Antiguo es tu nombre, Coimbra, como antigua la palabra amor!
Mansa la plenitud de la tarde, cuando se bebe
el inmerecido milagro del viaje junto a la viajera deseada.
Las palabras no bastan para cantarte entonces, Portugal,
si tu sonido viene acompañado del deseo.
El corazón pulsa ante el antiguo esplendor
y por los vagones
el aire embriagante de viejos vinos se adueña de ti.
¿Es eso amor?
Viajas a lo soñado a través de la eterna huida.
Y la palabra Portugal se conjuga con los labios de la viajera.
Y la noción de imperio marino viaja entre sus brazos.