Alfonso García Cortez

Nació en Tijuana en 1963. Licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana Tijuana, actualmente es profesor en la Escuela de Humanidades de la UABC, donde labora desde 1997.

Ha publicado en periódicos regionales, y en revistas como Esquina Baja, Yubai, Aquilón, Blanco Móvil, Cultura Norte, y Generación, entre otras. Ha sido incluido en antologías como Piedra de Serpiente, Un Camino de Hallazgos, Fronteras de Sal, El Margen Reversible y la bilingüe Across the Line/Al Otro Lado, entre otras. También ha publicado tres libros de poemas: Recuento de Viaje (Tijuana,1991), Elegías Postergadas (Toluca, 1994) y Llanterío (Tijuana, 2001).

PRÓLOGO

En soledad con la palabra
nos vamos deslizando mansamente.

En esta arquitectura de sonidos
vamos quedando solos;
más, aún, que en el inmenso y breve
misterio del orgasmo.

Solos ante el recurrente, insomne pánico a la muerte
y a su manía perversa de exhibirse
cada noche por T.V

(Morir: ese suspenso insípido y pendejo,
inevitable, donde se acaba el tiempo)

“Sucedió en la ciudad”, dicen,
sucedió;
esta ciudad…

UNO

Cuna de mis hermanos, continente azaroso de mis huesos:
cómo, dime, ciudad, hacerte mía,
cómo recuperar mis muertos de tu polvo,
cómo recuperar mi infancia de estas calles que ya no me conocen,
qué dirección tomar para encontrarme
con la inocencia breve que fui un día.
De mi silencio entiende que es el miedo la causa suficiente.

DOS

Trazo en el pensamiento la silueta de la urbe.
En la abstracción solemne de su mapa,
me decanto.
Hurgo entre sus costuras con experta paciencia,
amplificada vista:
mutuo resarcimiento del mirado y del que mira.

Tal vez en este reino de iluminadas horas
el mundo se refleje y reinterprete
—pequeñecido, imaginario,
indomitable mundo: esfera, canto, imagen—
en oráculos, letras, crisoles globulares,
conjurando la voz de sus palabras
en lenguas de lamer su cuerpo henchido.

Acaso en el imperio de su espejo
regocijadamente escancie la mirada,
al azoro del paso,
la traidora mudez de peregrino.

Tal vez de este país

el rostro de Narciso regrese malherido
y el mundo se precipite hacia sus ojos
en geometría lumínica,
imágenes confusas
en signos circulares sin un sentido exacto.

(qué gran hambre de luz encierra el ojo,
qué avaricia lo mueve a convertirse en trampa,
en continente azogue o laberinto,
el repetido objeto y su captor en luces)

Aquí está la ciudad, aquí está toda;
en ella me disuelvo y me reinvento:
rostro de multitud,
nombre sin rostro,
inadvertida huella,
insecto.

TRES

Digamos que la ciudad es tumultuaria,
se extiende hasta el cansancio,
se atrinchera en los altos suburbios que la guardan.

Atrapados por ella,
entre sus fauces,
en medio del absurdo movimiento
de su máquina exacta y luminosa,
la ciudad nos contiene,
nos consume y amolda:
hijos de la ciudad terrible
en asombroso culto a la nostalgia
de no pertenecernos.
Hijos del miedo, del desencanto,
de la boda infeliz que nos acerca
al ajedrez magnífico que los va gobernando

Aquí nos guarda el tiempo
envueltos en andrajos de su amor absoluto,
encadenados al cuerpo de la ciudad que cruje su artificio
y su ondulante ser de polvo y viento

(Llora por mí, ciudad, el tiempo aleve;
desnuda mis costillas de este veneno amargo y licencioso:
el tiempo se construye a partir de su falsa mansedumbre,
de la tirana piedra de molernos en esta pasta magra,
en este polvo fino).

Inmerso en esta tribu a la que pertenezco y temo,
he de confiar mi suerte a un puñado de objetos,
a la falsa intuición de los sentidos.
No hay un lugar seguro si no es el del instinto,
del movimiento rápido, del reflejo acertado:
todo es ciudad y laberinto,
inmensa red de escamas inauditas.

CUATRO

¿Y si en vez de alzar muros dieran puertas al campo,
al mar,
a la inmodesta luna,
al intangible vuelo de los sueños?

Calles de infancia, calles
de altas moreras, putas, automóviles:
tras cada puerta yace nuestro pequeño asombro,
esta duda vital que nos concierne.

Mira que la ciudad nos llueve con toda la viveza
de pájaros en busca de refugio,
con ese deleite de venganza largamente planeada,
ese jolgorio luminoso de los niños.

Ven, juega con ella, con el aire,
con el breve lenguaje de la risa,
con el paciente oficio de crisálida.

CINCO

Silencio de la lengua bajo el sereno peso de la urbe;
miedo de inmemoriales resonancias.

Mucho antes que nosotros
ya andaba el miedo haciendo de las suyas,
campeando sus imperios,
rompiendo las costuras que unen precariamente al tiempo.

No obstante, la palabra
busca su cauce exacto y obediente,
se deleita en esguinces,
se contonea en los ritmos más íntimos del cuerpo

Se levanta
en el grosero abrazo de la dicha
que a veces nos alcanza.

En tal suerte de escombros me asimilo,
en este oscuro dédalo renazco.

 

SEIS

 

Aquí está la ciudad, aquí está toda:
Volamos hacia ella como peces;
Nadamos, como tórtolos furiosos,
A sus redes.