EL PLACER DEL TEXTO

*Gabriel Pérez Miranda

Condición imprescindible para la creación poética es encarar la escritura como un acto lúdico; un acto de entrega apasionada que se refleje en las palabras y silencios de un poema. La poesía de Lina Zerón revela, precisamente, la pasión y el placer ante los poderes de la palabra poética. Desnuda de retóricas, su poesía habla de emociones íntimas, de sensaciones cotidianas iluminadas por los días, tardes y noches de encuentros y desencuentros amorosos.

Es, precisamente, el amor un tema fundamental en la obra de Lina Zerón. En las páginas de Los colores del tiempo, asistimos al milagro de inventar el amor cada día , ese amor que no entiende de filosofía, que no pretende explicar el mundo y sus misterios; pero que en el gozo eterno de dos cuerpos que se aman algo nos dice que la vida tiene sentido. Podemos señalar, parafraseando un poco el título de este libro, que los colores del amor se multiplican pues, como un caleidoscopio, la poesía de Lina se ilumina con variados matices, en una sinfonía de imágenes y sonidos que crean (y recrean) la pasión, el placer en la escritura de cada uno de los versos de este libro.

Así, el amor recorre páginas teñidas de melancolía, aromas de recuerdos en el amor crepuscular de la amante abandonada ( la otra, la nada) que desaparece en el espejismo de una relación sin futuro. Crepuscular, también, el cielo sombrío de un amor muerto, cuyos restos, como cenizas, sólo y solos habitan la casa familiar compartida, la casa dividida, la casa abandonada. Amor, o desamor, de atardeceres, de promesas efímeras de deseos y pasiones desbordadas.

Sobresale, además, la manera en la que la poeta recrea los roles femeninos de la amante, la esposa, la mujer engañada; mujeres que sufren y que aman desesperadamente y que son vistas, en este libro, sin moralidades ni justificaciones. Tan sólo mujeres que gozan y sufren, sorbo a sorbo, el vino amargo del juego amoroso.

Sin embargo, la poesía de Lina Zerón encuentra su mejor expresión cuando el amor se desborda en la plenitud de dos cuerpos que se desean; en las cálidas caricias compartidas, vaivén de olas íntimas que se pierden y se encuentran; en el mar de amor que halla su ritmo perfecto en los quejidos, en los murmullos, en el grito de los amantes que, al fin, estalla en la fugaz eternidad del éxtasis amoroso. Poesía de amor, de erotismo que canta al placer del cuerpo que se mira, al cuerpo que se palpa, que se besa y se recorre como un paraíso perdido. Éxtasis amoroso que aún en el recuerdo, reaviva las llamas, evoca el fuego del placer mismo y el verso arde en la imagen poética. “ Me abandono al maná de tu cuerpo/ destellos de oro brotan en mis senos,/ rocío de luna entre mis piernas;/ cabalgamos mares y planetas:/ en el fondo de tus ojos crece el infinito”.
Insisto, no hay búsqueda de verdades profundas ni disquisiciones filosóficas; la poesía de Lina sólo expresa el cotidiano misterio que se esconde en cada mirada, en cada gesto de los amantes que se entregan un día, una noche, cualquiera. No hay, tampoco, propuestas “originales” en la construcción del lenguaje poético, no hay pretensiones intelectuales y, tal vez, en ello radique la fuerza de esta poesía: Lina no busca; encuentra simplemente su propio lenguaje, el más adecuado para expresarse a flor de piel: “ Vivo acurrucada dentro de una piedra/ creando poemas que la pasión me dicta/ y no llegan a la imagen perfecta/ que expertos en la materia demandan […]/ evocar no puedo mitos y leyendas cuando el placer me inunda…” Lenguaje en el que la pasión se torna más importante que la técnica literaria. Necesidad existencial de la poeta de expresarse con su propia voz. ¿ Habrá que recordar que se pueden escribir poemas perfectos, con una técnica depurada pero vacíos de sentido ?, poemas sin poesía que tanto saturan las revistas y suplementos culturales. Salvador Novo, uno de nuestros poetas más lúcidos, hablaba así de su propia escritura:

Yo puedo hacer versos perfectos,
Medirlos y evitar sus asonancias,
poemas que conmuevan a quien los lea
y que le hagan exclamar: “¡ Qué niño tan inteligente!”
Yo les diré entonces
Que los he escrito desde que tenía once años.
No he de decirles nunca
Que no he hecho sino darles la clase que he aprendido
De todos los poetas.

Tendré una habilidad de histrión
Para hacerles creer que me conmueve lo que a ellos.

Pero en mi lecho, solo, dulcemente
Sin recuerdos, sin voz,
Siento que la poesía no ha salido de mí. ( “Poesía”, en Nuevo amor y otras poesías)
Salto en el vacío, la poesía es un riesgo, un peligro de perderse en el canto de las sirenas, en el eco de poemas vacíos, sin voz auténtica que refleje al poeta. Esto no es una defensa ni una justificación, la poesía de Lina no lo necesita; es una celebración por el aire fresco que sopla en los días, en los paisajes y cuerpos habitados por frágiles gaviotas, por palomas y mariposas, por lunas y soles que se repliegan en la unión de los amantes que dan vida a las páginas de este libro. Finalmente, si la escritura es una pasión, como lo revela “Los colores del tiempo”, también es un placer adentrarse en la lectura y encontrar, encontrarse, en el espacio sin tiempo del poema, espacio que une, como a dos amantes, a poeta y lector, en la concreción infinita de la obra artística. Unión que se degusta lentamente, como un vino rojo, en el placer del texto de Lina Zerón.

*Catedrático de la UAEM, (Universidad Autónoma del Estado de Morelos) Maestro en Filosofía y Letras.

 

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