Las Moradas Mariposas de Lina Zerón.

Por Victor Roura

La miraba, a Lina Zerón, radiante su optimismo, y la oía hablar, sin la acostumbrada pedantería del poeta esoberbecido, de sus hazañas, que para ella consiguientemente no lo era, por la vieja Europa, de su estancia en el Festival de poesía de París, de su recién visita para leer en el Instituto de Cultura de Berlín, de su próxima gira a Suecia, de su siguiente traslado a Alemania para un Encuentro literario, de su participación en un recital poético en la Habana... todo ello sin la intervención de las sacrosantas manos oficialistas del centro rector de la cultura en México.  Me había invitado Dantón Chelén a una de las sesiones de aniversario del  Club literario La Pluma del Ganso, que él dirige, para hablar del oficio escritural con sus numerosos afiliados.

Dantón es un animador cultural ejemplarizante. Dije a Dantón que sí iba y ahí estaba Lina Zerón hablando de la poesía como si hablara de la cena de anoche con sus invitados, porque la poesía para esta bella mujer es, si, una cosa ciertamente cotidiana, que la halla en la alacena pero también en sus íntimas nocturnidades, en los ojos de un hombre que mira pasar y en los grafitos pintados en las paredes de la calle, en las palabras cuestionadoras de sus hijos y en cada paisaje que mira, absorta, de los mundos donde camina.

Confieso que nada sabía de ella, como tampoco sé en estos momentos de otros tantos buenos poetas, ni había leído uno sólo de sus textos, y entiendo ahora la adorada razón: esta mujer no pertenece a ningún círculo poético- si bien no es renuente a entrar y salir de ellos, y no quiero decir con esto que juegue a los disfraces y a las caretas con que suelen vestir los poetas oficiales-, ni su poesía es trabajada de acuerdo a los beneficios que otorgan las dependencias institucionales del arte (con ella no hallamos, por fortuna, esa incómoda leyenda que reza en las páginas legales algo así como que este libro fue elaborado gracias a la beca que el autor obtuvo de equis instancia cultural), ni se asoman esos giros intelectualizados que quieren hacer de la poesía un parnaso exclusivista y fronterizado.

Muy alejada Lina Zerón de estas petulancias literarias. Su poesía, supone uno, es, ha de ser, como ella misma: transparente, hipersensible, audazmente amorosa, directa como un rojo escandalizantemente profundo en el lienzo. No sé si hubiera adivinado en los ojos de esta mujer tanta poesía, pero lo más seguro es que sí me hubiese percatado de que su mirada era, es, distinta. Cuando la oí hablar en la reunión con Dantón Chelén de la poesía, digo, como si se tratara de un arduo trabajo artesanal, que lo es, no tuve otro remedio que admirar a esta dama, que sin duda lo es. Porque la poesía es eso precisamente: una labor de infinita filigrana, una orfebrería interminable, un desnudamiento agotador de los sentidos. Y si Lina Zerón  ha viajado ya para leer su poesía, como invitada especial, a Europa, Latinoamérica y Estados Unidos no ha sido, tengamos esa seguridad, nada más por su innata simpatía.

Traducida al francés, alemán, inglés, sueco, italiano, portugués, esta mujer escribe con verdadera dedicación. Si hoy en día tiene más libros editados fuera de su México no es por otra cosa sino por la misma fatalidad nacional de siempre: la ceguera de las autoridades culturales, atentas únicamente a lo que sucede dentro de su estrecho círculo de literatos privilegiados. Autora de medio millar de poemas (no todos aún editados en las páginas de sus títulos), Lina Zerón recorre el mundo como un becario del CONACULTA los pasillos de la Manuel M. Ponce de Bellas Artes. Nacida en el Distrito Federal hace apenas cuatro décadas, esta poeta en realidad, pese a haber escrito poesía desde la secundaria, tiene poco de haberse sumergido en el orbe escritural: poco menos de una década, el tiempo suficiente para ya ser llamada por los veteranos poetas de la vieja Europa a participar en sus coloquios literarios. Editada en París por L’Harmattan, por mérito propio y no por amiguismo.

El chileno Jorge Edwards por ejemplo, le ha dicho que anda por el buen camino, que los premios y toda esa parafernalia sólo son bagatelas en la ruta de la cultura. Y ahora que tengo en mis manos el volumen Moradas Mariposas, que la editorial cubana Abril y UNEAC acaban de publicar (justamente para ser presentado por su autora en el VII Festival Internacional de Poesía de la Habana, recién finalizado en la isla), el cual reúne, en cinco capítulos, 116 de sus poemas, corroboro las sabias palabras del maestro Edwards.

Porque Lina Zerón, en efecto, tiene momentos deslumbrantes: “Dios, ¿dónde estás? / acaso en la débil ala de una mariposa/ en el monótono zumbido de la abeja/ en la gaviota que roza vagamente la playa...” Me asombran, siempre me han asombrado, las mujeres que entre líneas sintetizan bellamente los dolores (supuestamente) inefables del amor: “Ahí donde, el olvido a jirones llega, /palpitas./ Ahí, donde tu memoria no tiene sosiego/ existo/ Ahí, donde el alma absorta se ciñe uno a uno,/ yacemos juntos/ Ahí, donde mi corazón oprimo antes de que llegue el llanto y me avergüence,/ te desconozco./ Ahí donde mi delgado silencio te interroga,/ te perdono.” 

La poeta sabe que el amor da miedo pero lo vive, lo ha vivido, y lo enfrenta con palabras altivas. Los retratos de la figura masculina son a veces excepcionales escenas del desmoronado hábitat pasional. Por supuesto prefiero a la poeta que se adentra en el territorio de la compleja interioridad del hombre que a aquella otra, y que tengo que entender es la misma finalmente que se desliza por los recovecos de la sufriente tortura de las desiguales políticas mundiales, porque el renglón de la preocupación social necesariamente sus versos abordan con palabras comunes, típicamente recurrentes, los mismos y salvajes problemas que ha padecido la humanidad desde el principio de los tiempos. Me gusta más la Lina Zerón, en cambio, que se separa de los otros poetas po su concepción distintiva de las profundidades del alma.

Es ahí donde su poesía adquiere una personal y fulgurante relevancia: “Como brizna de hierba / llegará la muerte, / como rasguño de cielo / entre estridular de grillos. / A destiempo, /retumando en el lecho, /llegará la muerte. / Ya se agolpa en los labios,/ ya naufraga en el cuerpo. / Sin ser escuchada /- negras alas al viento- / vestida de rojo, /llegó la jodida muerte/ entre escombros y retorcidos hierros.” Como buena poeta, en su poesía Lina Zerón se desnuda a tales grados que, aun sin conocerla, sabemos de ella un poquito. Sabemos, por ejemplo que guarda en un cofre amarillo las verdades escritas en sus labios con los besos de un enamorado. Los secretos que oculta en su alma nos los entrega sin demora en un acto de generosa profanación de sí misma, lo que es decir en un acto de íntimo decoro poético.

Victor Roura

Jefe sección cultural del El Financiero.

Presentación del libro “Moradas Mariposas”

Marzo 15, 2002


 

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