Compositor en efervescencia
Lunes 24 de julio. Magnífica la versión de Rafael Kubelik de la sinfonía Nuevo mundo de Antonin Dvorak que ahora mismo se consigue en los kioscos a precio ridículo. La escucho con entusiasmo y veneración. Fue grabada en vivo en Munich, en 1977, y es un prodigio. Profundo conocedor del lenguaje nacionalista checo, Kubelik logra un extraño balance con ésta, su Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara. Al contrario de otras versiones, aun de directores súper estrellas, Kubelik (1914-1996) no hace de la más famosa sinfonía de Dvorak una pieza de parafernalia inacabable, como ya es costumbre. Se adentra en el espíritu de la obra y ofrece una introspectiva casi filosófica. Extrajo la mejor música del más grande compositor checo. Hay que recordar que esta sinfonía fue estrenada en el Carnegie Hall de Nueva York en 1893. De hecho, es una de las obras capitales que Dvorak compuso gracias a su estadía en Estados Unidos (1892-1894), país que puso a los pies del genio checo su estructura de acero en lo que se refiere al despliegue musical. El popular y cotizado compositor tuvo la suficiente visión para reunir en una sola obra ritmos de campesinos negros estadunidenses con toques de su añorada Bohemia. La herencia musical de Dvorak es enorme. Hoy permanece la polémica de nombrarlo compositor romántico o nacionalista. Admirado por Brahms —quien dijo del concierto para chelo de Dvorak que con gusto lo habría firmado como suyo—, defendido por Tchaikovski, sus páginas de belleza sublime son innumerables.
Martes 25 de julio. Leo con interés Los colores del tiempo, antología de poesía de Lina Zerón publicada por Linajes Editores. Por fortuna poco visitada por las camarillas mexicanas de críticos literarios, esta poeta —que no poetisa, por la connotación peyorativa que arrastra el término— es más conocida en Francia y Cuba que en su propio país —lo cual, por cierto, no es nada inusitado. Algunos de sus títulos son: La espiral de fuego, Ciudades donde te nombro, Vino rojo..., aunque ha publicado ocho libros. Extraigo un poema de Vino rojo, el que se intitula Cortesana: Soy la mujer que duerme en la jaula con los leones al ponerse el sol./ Carne cruda como de sus pestilentes fauces/ lamo sus recovecos denigrantes/ y, sin importarles, prueban cada mes mi sangre.// Me he dejado ultrajar por conveniencia,/ soy mansa por una retribución,/ abro mis posiciones/ para conseguir prodigios mayores,/ mejores pagas.// Todas las noches meto el sol en mi cama/ y caliento deshilachados cuerpos./ A veces suplico ternura desde el fondo de mi alma,/ desde el encierro de mi jaula/ repleta de vacíos inconmensurables,/ pero ellos no escuchan.// El mundo me desprecia,/ yo lo ignoro./ Vivo para alimentar a las bestias/ con mi carne,/ soy libre de volar si quisiera,/ de escapar,/ mas no tengo a dónde ir.../ Pertenezco a esta jaula. Lina Zerón, mujer que asume con crudeza la condición que para otras es motivo de llanto. Vigorosa, mira sin pestañear. Dice en su poema Ojo de agua: ¿Y te preguntas qué necesitas/ para hacerme el amor?// Deja que tus olas cubran mis arenas/ y que la sal devore tu ternura,/ con dulzura tus peces/ se meten bajo mi falda,/ me seducen./ ¿Quieres saber cómo hacerme el amor?/ Con sonoras marejadas en mi boca,/ enredo tus algas en mi verde musgo,/ deja que el viento de tus manos desnude mi cuerpo/ y después.../ descansar a tu lado desnuda,/ compartiendo al final nuestro amor en silencio.// Si todavía te preguntas cómo hacerme el amor.../ manos de furiosas nubes necesito/ un hombre que sepa plasmar su errante huella/ y con amor me entregue amores desconocidos”.
Eusevio Ruvalcaba |