En la intimidad con Pablo Neruda
Por Lina Zerón
Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, mejor conocido como Pablo Neruda, nació el 12 Julio, de 1904, en la ciudad de Parral en Chile. Con motivo del centenario de su nacimiento, se han dado extensas conferencias sobre su biografía, poesía y militancia. Como biógrafa de Claude Couffon me permito transcribir algunos acontecimientos que no están en ningún libro, ya que forman parte de las memorias de Claude Couffon, traductor de la obra de Neruda al francés y quien lo hiciera famoso en Europa y de ahí a América Latina.
Claude Couffon conoció a Pablo Neruda en 1951. A solicitud de Francois Mauriac, Claude acababa de publicar en el Fígaro de Littéraire un artículo sobre la muerte de Federico García Lorca que resumía sus investigaciones en Granada desde 1946. El texto había sido traducido y reproducido en importantes periódicos de América Latina y Pablo Neruda lo había leído. Le escribió una breve pero calurosa carta en la cual le agradecía el haberle develado cómo había sido asesinado su amigo. Claude quedó estupefacto, él era un desconocido, tenía veinticinco años y aquel dios de la literatura, que jamás hubiera pensado conocer, le escribía.
Algún tiempo después, lo encontró en París con su esposa Delia del Carril, a quien apodaban la Hormiguita. Su traductora, Alice Ahrweiler –que aún no se llamaba Alice Gascar- preparaba la edición francesa del Canto General para la editorial progresista Editeurs Francais Reunís. Por su parte, Jean Marcenac comenzaba a redactar para la ya famosa colección “Poetes d’aujord’hui”, fundada por Pierre Seghers, un Pablo Neruda pleno de militarismo político.
Couffon no había tenido oportunidad de colaborar con Neruda hasta que de paso él por París en octubre de 1957, le telefoneó y dijo: “Claude, tengo que transmitir un mensaje importante, pero quisiera que fuera en un periódico de izquierdas no comunista. ¿Puede usted ayudarme?”. Pensó de inmediato en el France Observateur, que aceptó la proposición. Neruda recibió a Claude en un apartamento del Quai Volta prestado por unos amigos. Recuerda la silueta corpulenta acodada en una de las ventanas, contemplando las primeras neblinas del otoño sobre el Sena. El mensaje iba destinado a España. Decía así:
“ Hemos cometido un grave error después de la guerra civil española: separar a España de nosotros. No podíamos olvidar el dolor atroz causado por el asesinato de García Lorca y la muerte de Miguel Hernández. Durante mucho tiempo rehusé abrir todo libro que me llegara de España, era algo físico; no podía tocarlo ni mirarlo porque me daba náuseas y sin embargo, poéticamente hablando, España existe, se reforma, conoce un renacimiento extraordinario. Debemos enmendar nuestros errores y acercarnos a los escritores españoles a fin de conocerlos mejor. Ellos no son culpables de la guerra. Hablo sobre todo de los jóvenes poetas.”
El proyecto, no realizado, de publicar Residencia en la tierra, traducido por Alice Ahrweiler, le llevó a añadir: “Con estos poemas quise huir de cualquier exotismo. En aquella época estaba muy de moda, sobre todo entre nosotros, en América Latina, ver el mundo a la manera de Pierre Lotí. Los poetas se sentían poderosamente atraídos por el exotismo de comarcas lejanas. Yo, que vivía en el corazón mismo de una de ellas, podía penetrarla, explorarla en profundidad...”
Neruda acababa de publicar tres volúmenes de sus Odas elementales y estaba preparando el cuarto. Pablo le precisó a Claude la estética de tales textos: “Representan otro aspecto de mi poesía: escribir sobre los objetos más simples que existen. El poeta debe ignorar todo lo que se ha escrito antes de su existencia; debe ignorar las bibliotecas y actuar como si nada hubiera sido establecido. Nada de nada, entonces verá desplegarse ante él grandes posibilidades, fuentes inagotables. Componiendo mis Odas he querido colocarme en la situación del niño a quien el maestro le pide que redacte un pequeño texto sobre algún tema determinado, piensa, muerde el lápiz y luego se lanza en una narración con grandes defectos, pero ¿qué es lo que él está pensando?. Como el escolar, escribo acerca de todo: el pan, el fuego, el aceite, el sol o la luna...”
La colaboración quincenal de Couffon en la Revista Letres Francaises, de Louis de Aragón, le posibilitó entrevistarlo en varias ocasiones, así como traducir algunos de sus poemas más recientes. Pero sólo en 1965 se estrecharon los lazos de amistad entre ellos. Apenas había recibido el Doctorado Honoris causa de la Universidad de Oxford cuando le telefoneó desde el aeropuerto de Orly: “Claude, tengo para usted un ejemplar de mi último libro, publicado en Buenos Aires. Es una especie de biografía poética. Quisiera que lo tradujera.”
Almorzaron juntos y le entregó los cinco volúmenes de Memorial de Isla Negra, que reproducían, en las cubiertas de diferentes colores: verde, amarillo, violeta, azul, naranja, su famoso ex libris del pez. Durante la comida le repitió el deseo de que él lo tradujera, añadiendo: “Quisiera cambiar de editor. Sé que la difusión de mi obra la debo a Editeurs Francais Reunís, sin embargo, creo que mi poesía ahora es más universal y su difusión debería despolitizarse.”
En aquella época Couffon era asesor de las ediciones Gallimard para el área de la literatura latinoamericana y creyó poder prometerle que esa editorial lo acogería con fervor. Habló con Ugné Karvélis, responsable de la redacción extranjera, cuya opinión era muy escuchada por Claude Gallimard. Ella se entusiasmó, considerándolo una idea formidable. Todo se presentaba bajo los mejores auspicios cuando, un mes mas tarde, Ugné llamó a Claude: “Neruda tiene en la editorial dos o tres enemigos jurados. Son antiguos estalinistas que no le perdonan su fidelidad al Partido. Neruda nos invitó a almorzar mañana. ¿Crees que si le presento un contrato firmado por Gallimard, Pablo lo hará de todos modos? Aprovecharé un momento de mucho trabajo de Gallimard para hacerlo firmar a él mezclado con otros contratos.” Ya firmado por Gallimard sin haberse enterado que era el contrato de Neruda para ser publicado bajo su sello, Ugné le dio el contrato a Neruda quien lo rubricó con su perenne tinta verde sin siquiera mirarlo.
Publicado en 1970, Memorial de isla Negra fue bien recibido por la crítica, lo que le abrió la puerta a nuevos contratos. En 1971, el Premio Nobel de Literatura imponía a Neruda como uno de los grandes autores de Gallimard y carteles publicitarios de la editorial proclamaron a los cuatro vientos su talento. En la actualidad, Neruda y García Lorca son los poetas con más títulos en la colección Poesía de bolsillo (Poesié/Poche) de la importante editorial francesa.
Nombrado embajador de Chile en Francia por su amigo, el Presidente Salvador Allende, Neruda se traslada a París en marzo de 1971. Desde su llegada había transformado el ambiente solemne y anticuado de la embajada en un escenario anticonformista. Empezó descolgando de las paredes la impresionante colección de retratos de sus predecesores, juzgados horriblemente reaccionarios, y los reemplazó por fotografías de responsables políticos más “comprometidos”. La del viejo presidente progresista Pedro Aguirre Cerca, quien en 1939 le había posibilitado organizar la inmigración a Chile de más de dos mil refugiados republicanos españoles. La del fundador del partido Comunista de Chile, Luis Emilio Recabarren y por supuesto, la de Salvador Allende. La habitación más espectacular de la embajada era un bar estilo 1900 que había acondicionado en uno de los pisos para recibir a los amigos, recreando a la perfección el ambiente de la Belle époque. El “zinc” o típica barra, reinaba al fondo del salón con sus taburetes altos y el sombrerero de tres brazos de los cuales colgaban una gorra gris y un delantal azul de patrón de café. Detrás de la barra, una amplia estantería exhibía ordenadas filas de botellas. Para atender a su “clientela”, Neruda se ponía la gorra y el delantal azul, y luego servía las copas con ojos chispeantes. El bar tuvo su episodio burlesco. Matilde contó a Couffon que un día Neruda recibió a un amigo embajador de paso por París, cuando lo estaba atendiendo entró una llamada telefónica que lo hizo ausentarse olvidando regresar para compartir con su huésped. Al llegar la tarde se acordó del visitante, fue corriendo al bar. Lo encontró tirado sobre un sofá, borrachísimo, rodeado de botellas vacías.
En la embajada las cosas pronto se complicaron. El conflicto con Estados Unidos a propósito del cobre chileno y la nacionalización de las minas tuvo mucha resonancia en la prensa francesa y europea y los periodistas se agolpaban haciendo preguntas complejas, a veces mal intencionadas. En Chile la situación se deterioraba y el recién nombrado embajador asistía, impotente, a la lenta destrucción del poder por activas fuerzas tenebrosas. Jorge Edwards, diplomático de carrera, en su carácter de Consejero supo reemplazar eficazmente a un Neruda incómodo cuya salud se hacía por momentos cada vez más delicada.
Neruda sentía que la vejez llamaba a la puerta y su vitalidad natural se revelaba. La constante fascinación por las piedras, exaltadas en varios libros anteriores, se convertiría en una obsesión metafísica. La impresionante colección que tenía se inició con una que le regalara Rafael Alberti en Argentina. Neruda decía: “¡Y pensar que las piedras no tienen obra pero resisten a la muerte durante siglos!”. Intentó exorcizar la vejez en un maravilloso drama que Claude tradujo: La espada de llamas. Ancianidad y juventud, misteriosamente escapadas de un pérfido fin del mundo, se unen en un amor apasionado y carnal para triunfar sobre la nada preparada por los dioses.
Los fines de semana le ofrecían a Neruda una posibilidad de evasión. Le encantaba hurgar en las entrañas del rastro de la Puerta de Clignancourt. A veces regresaban él y Claude cargados de un montón de objetos heterogéneos, magníficos o raros, que él acumulaba en la embajada y en su propiedad en el Eure, en Normandía, adquirida con los dineros del Premio Nobel: “caracolas enormes o espinosas de bordes ondulados, mariposas de formas y colores variados, ángeles con ropajes terrestres y máscaras demoníacas, ediciones príncipe de autores olvidados lujosamente encuadernadas...” La propiedad en Breteuil-sur-Iton era un antiguo y vasto molino transformado en un puerto de paz donde se refugiaba con Matilde. Le había comisionado a Claude la traducción del Canto General y de vez en cuando lo visitaba para analizar con él algunas dificultades del texto. La consulta tenía lugar después del almuerzo y era bastante difícil lograrla porque Neruda se esforzaba por escaparse con el pretexto de la siesta o de un informe urgente. La excusa típica era inapelable: “¡Pero vamos, Claude, tú sabes de esto más que yo!”, le decía, y servía otro whisky en los vasos. Nunca le resolvió su duda sobre cuándo el sujeto era complemento y viceversa, hasta la fecha Couffon tiene duda si la traducción fue exacta.
En sus conversaciones algunos temas como el de Cuba, se repetían con una obsesionante intensidad. En junio de 1966 había viajado a los Estados Unidos como invitado de honor del Congreso del Pen Club Internacional, reuniéndose allí con Arthur Miller, Ernesto Sabato, Victoria Ocampo y Carlos Fuentes. A su regreso a Chile, tuvo conocimientos de la carta abierta, ampliamente difundida, en la cual los escritores cubanos le reprochaban su viaje acusándolo de sumisión a los Estados Unidos y de traición. Cinco años más tarde continuaba sin comprender lo que él consideraba un “nauseabundo montón de injurias” hacia un amigo que desde sus comienzos había saludado y defendido la Revolución cubana. Tal vez se trataba de un error o de una desviación del comunismo internacional en crisis. Pero la herida era profunda. Le hacía sufrir dolorosamente y sangró hasta el final.
En la tranquilidad del molino, rodeado por el agua, los árboles, los pájaros y el espectáculo viviente de la naturaleza, Neruda hallaba nuevamente la serenidad. Los poemas escritos en ese lugar se impregnaban de aires bucólicos, de belleza ecológica y de tiernas o humorísticas observaciones forman parte de la obra póstuma cuya traducción Matilde le confió a Claude.
Hubo un día que a Couffon le gusta mucho evocar. Neruda le llamó para invitarlo a comer a su casa. Llegó muy temprano al molino, misteriosamente vacío, al menos en apariencia. Primera sorpresa: ¿Cómo, si no esperaba a nadie – o quizás se había confundido de fecha- Neruda estaba allí, plácidamente instalado en una hamaca tendida entre dos árboles?. Leía. Con un breve gesto de la mano lo invitó a sentarse. Segunda sorpresa: vestía su atuendo campestre habitual: el pantalón de franela gris, la camisa azul ultramar sin mangas, la eterna gorra gris. Las vagas frases que intercambiaron sobre el estado de su traducción del Canto general no clamaron su inquietud. Se sintió más seguro cuando fueron llegando los primeros invitados, también ellos sorprendidos por la tranquilidad del señor del dominio: Mario Vargas Llosa, Julio Cortazar y Ugné Karvelis, la bella Catherine Von vulgo (que el acarició con ojos golosos), Jorge Edwards, los Marcenac, sus amigos de siempre. Las miradas interrogadoras continuaron intercambiándose hasta que Neruda abandonó la hamaca: “Voy a vestirme”, dijo, mientras ellos recobrábamos la serenidad y las sonrisas.
Cuando reapareció, las sonrisas se transformaron en carcajadas. El hombre que estaba ante ellos no era Neruda sino un alcalde normando del siglo XIX. Un alcalde a la Maupassant, ataviado con una blusa azul de comerciante ganado, zuecos de madera y canotier, y para colmo luciendo un espeso y rizado bigote que un violento cosmético tornaba negro como la pez. En la mano llevaba un pergamino enrollado que agitaba pidiéndoles que lo siguieran. El misterio fue aclarado: La Posada del Caballo Verde para la Poesía era un flamante pabellón de madera levantado en un rincón del prado que exhibía orgulloso la enseña con su nombre. Reunidos ante la puerta cerrada vieron llegar a Matilde. En sus manos, tantas veces cantadas por el poeta, llevaba una botella de champagne amarrada con un largo cordel que enganchó en el letrero; después, alzó de nuevo la botella que pendía en el vacío y la lanzó contra la puerta. El pabellón acababa de ser bautizado como si fuera un navío. Un gesto de cabeza y los párpados entornados del alcalde sin alcaldía acallaron los aplausos y, sonriendo, desenrolló el pergamino. Con el característico tono monocorde de monje recitando letanías, leyó un poema disparatado, rico en sonoras rimas, en el que cada uno de ellos aparecía, fue pícaro pero fraternalmente celebrado.
Cuando Neruda abrió el doble batiente de la Posada, descubrieron el original y sabroso espectáculo que su anfitrión – así lo comprendieron sólo entonces- había preparado para celebrar su sesenta y ocho aniversario. Sobre el mostrador cargado de botellas, un despliegue de cestas colmadas de hogazas de pan casero y cuchillos prestos a entrar en acción a su servicio; del techo, colgaban jamones enteros y rosarios de salchichas. Contra las paredes se alineaban varios toneles de los cuales Matilde y dos camareras de verdad llevaban en bandejas las especialidades de la cocina chilena. La fiesta se prolongó hasta bien tarde y cuando la frialdad nocturna los ahuyentó, se refugiaron en el amplio salón rodeados de caracolas, pipas, libros antiguos y santos de madera que los miraban con ojos asustados.
En noviembre de ese mismo año, Neruda renunciaba a su cargo de embajador y regresaba a Chile. El 11 de septiembre de 1973, el golpe militar de Pinochet asesinaba a Salvador Allende y hundía en la desesperanza a un Neruda debilitado por la enfermedad. El 23, el gran poeta fallecía en Santiago. |