Junio, mercado de la poesía en París.

Territorio de los sueños

Por Lina Zerón

¿Paris? Primero el mito y luego el territorio del sueño: venía de Víctor Hugo y de los benditos poetas malditos, de todos esos antecesores de los ojos violeta. Es un reloj que marca elucubraciones y le quita el blanco a las cuartillas. Es una postal en vivo. Pero París no es más ni menos  que la eterna geografía de las palabras: hombres que polemizan en los bares, un delfín cataléptico, una salamandra diabética, mujeres feministas desgarbadas,  historia, cultura y fiesta; también es soledad, poca interacción de unos con otros, incluso se comenzó a promover hace poco más de un año, tanto en autobuses como espectaculares, que la gente sonría, con la leyenda que reza: “también con la sonrisa puedes decir buenos días”. En París muchos ancianos son abandonados en un diminuto departamento que pagan entre dos o tres hijos para conservar su conciencia tranquila o son enviados, depositados o guardados en un asilo hasta que los sorprende la muerte, en el jardín, su cama o un sillón. 

 

Esta es la ciudad que nos habita de vez en cuando a los creadores. Es la cuidad luz, (por la luz eléctrica, ya que el clima es normalmente frío y lluvioso), es una lámpara encendida como dijera Borges, encendida porque cuando hay buen clima, mas o menos un mes al año, todos aprovechan para asolearse en los parques, para recostarse bajo la luz solar en shorts o bikinis,  como viles lagartijas, diríamos en México, un mes al año, sobre todo en junio, el mes en el que el Mercado de la Poesía hace su presencia en la plaza Saint Sulpice, sustituyendo la glorieta de flores para darle cabida a decenas de cabañitas de madera donde se alojan durante la segunda o tercer semana de junio, editores de poesía provenientes de muchas partes  del mundo y  ahí mismo es donde también los poetas se dan cita para charlar, tomarse un vino o cerveza, intercambiar el chisme literario pero eso sí, siempre con su manuscrito bajo el brazo deseando que alguien los publique, que alguna editorial hiciera el milagro de darlos a conocer mundialmente como a tantos autores de mediados del siglo XX. Cosechar no es fácil si antes no hubo una buena siembra y eso muchos poetas lo desconocen. Comúnmente los autores pierden de vista a la literatura no como ornato de ricos, sino como voz del pueblo,  la buena y la mala. La literatura es el mejor psicoanálisis  de la conciencia de un pueblo y la poesía sirve para dar voz a todos.

 

Ir a París en busca de una oportunidad es lúdica pura, puro amor al arte, al sueño.  Lo único real es lo intangible: la palabra mariposa en el pubis de la mujer que quiso enterrarse con su amante y jugar a que estaban naciendo de la tierra. Arrojarte al Río Sena por la nostalgia de un vino tinto. Todo ha cambiado, todo...¡Y especialmente en el campo de la literatura! ¿dónde está Victor Hugo, Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Bretón, Char? ¿Dónde quedó el escribir por placer, por necesidad, por amor a la literatura?  Así como en un momento alguien atizó las brasas moribundas de los románticos y los decadentes, los costumbristas y los farsantes, los dadaístas y los locos, los surrealistas y los alcohólicos, los impresionistas y los bohemios, ahora nadie mete las manos en el fuego por  las nuevas generaciones de escritores de allá, aquí o acullá. Deben llegar con un nombre hecho, un agente literario y varios libros de respaldo que aseguren la inversión editorial porque también los escritores de ahora primero pretenden el reconocimiento y una suma asegurada en una cuenta bancaria y luego ese desdoblamiento, esa razón de vivir, de ser, esa sin razón, ese desprendimiento que significa ser escritor, ser poeta.

 

Por otro lado están los escritores de aula, los que se hacen en la Sorbona o París VIII y los sustenta la cultura oficial que no tiene oficio: los convidados de la burocracia que huelen a moho y causan grima. Ustedes, nosotros, los que estamos por fuera, los que peleamos y nos sacudimos, los que  no esperamos ni mendrugos ni prebendas, somos unos guerreros: nosotros somos el cultivo. Ya vendrá la cosecha en París, México, Colombia, Cuba o Argentina. La poesía, la verdadera literatura, no sólo se gesta en las aulas, sino en las calles, en el metro, en el convivir día a día contigo mismo, en tus libros y pensamientos, en ese hombre al que amas y no te escribe o aquella mujer que no llama o el amante que se arroja a tus brazos al verte o te desdeña o ese niño que limpia vidrios en los semáforos o la anciana que te pide le dediques un libro y se lo regala a su vecina, esas mañanas donde se compartían Arias y amor esas tardes de melancólicas nubes y cenas con pizza y soda.

 

Los poetas debemos sembrar en el viento si es necesario. No estamos solos: los militantes de la terquedad somos un auténtico enjambre de pájaros turbulentos. Todo territorio sobrevolado está repleto de las semillas que arrojamos con obstinación. Creo en YO padre todopoderoso, en el trabajo, en el estudio, en la tenacidad, el creer en uno mismo y lo que se hace sin importar  las envidias y los celos de los que se van quedando en el camino por creer que haber obtenido un premio los hace o que sus grandes currículums de hojas y hojas repletos de super ego son su obra.  Esos que por desidia, flojera, apatía o simplemente por esperar a que la gran oportunidad toque a su puerta, se dedican exclusivamente a la crítica corrosiva de todo aquel al que le va bien o destaca y también están aquellos y aquellas que van de Festival en Festival literario/poético por el mundo en busca de unos bellos ojos, una cartera abultada, unas piernas bronceadas, un editor loco que se fije en la obra que a veces y muchas, carecen de los elementos básicos para ser leíbles, que por responder a diario el correo electrónico se sienten novelistas o aquel que plagiando versos de miles de poemas que va pescando en la Red más grande del mundo que es internet hacen numerosos poemas que lo llevan a atreverse a leer en público su poesía en tantos y tantos Festivales que ofrece ahora el mundo más por negocio de los editores que antologan que por la calidad de la obra.

 

Estando sola en París he descubierto que el tiempo alcanza para todo y que la vida no es esto que miramos sino aquello que soñamos. Me considero una vaga: me la paso escribiendo, leyendo, compartiendo un café con una amiga/o y camino y deambulo por las calles y platico con un taxista o con un griego o árabe o un africano en las calles de Robespierre, no presto atención a las actitudes sospechosas; siempre  estoy en los cines surrealistas y en las funciones de teatro de lo absurdo  y viajo tanto que estoy siempre en otra parte, excepto mi corazón que se queda con el hombre al que amo, donde quiera que este esté, pero lo que más me gusta de la vida es sacarle el jugo y llevarle la contraria y escribir, porque la palabra equivale a  candela o a paloma o a saliva o sal o alegría y París, París, siempre será París, el territorio de los sueños y la posibilidad de escribir sin mesura, sin prisa, sin cortapisa, con esa pasión que nos caracteriza a los demiurgos de la palabra.

 

Como cada año, en junio, en la mercado de la poesía, decenas de editores esperan vender sus libros y los poetas ser descubiertos y poder brillar como la luz nocturna de la Torre Eiffel.