CULTURA Y FÚTBOL EN BRASIL

Por Lina Zerón

Brasil, el quinto país del mundo por su extensión y el único del ámbito latinoamericano que pertenece a la esfera cultural portuguesa. Como en México, la distribución de los habitantes es muy desigual, el último censo arrojó la cifra de 170 millones de habitantes, de los cuales 18 millones viven en Sau Paulo, otro buen tanto en Río de Janeiro y demás zonas costeras. En Brasil hay más escuelas de fut-bol que Casas de Cultura, por supuesto - ¿y para qué queremos Casas de Cultura?”, me respondió un taxista al que pregunté por ellas, “si lo que deja dinero es el fut-bol” y si, hay más de 70 escuelas a nivel profesional en 27 estados que conforman la inmensidad que es Brasil, (amén de todos los llanos, patios de escuela, explanadas de iglesia, calles y etc) en cada escuela se aceptan más o menos 50 niños por año a partir de los 6 y su formación profesional puede darse por concluida al alcanzar los 20, esto nos dice que unos 3,500 niños por año son inscritos en escuelas (clubes) formales para ser futbolistas, y de una de estas escuelas o clubes, han surgido los grandes como Pelé y N número más de famosos, esta información me la dio Isaías Ambrosio, el trabajador más antiguo del Estadio de Maracaná.

El fut-bol llegó a Brasil, gracias a los marineros británicos que lo jugaron por primera vez en la década de 1870, su principal impulsor fue Charles Miller, hijo de unos emigrantes ingleses. Animó a los trabajadores residentes a formar clubes (algunos ya existían para el críquet). El primer club importante brasileño fue el Associação Atlética Mackenzie en São Paulo. La influencia británica en Brasil fue determinante, nótese por los nombres de algunos clubes como el Corinthians. Este Club es uno de los más famosos junto con el América, Juventus, Botafogo, Sau Paulo, que son los más importantes de Brasil.

El fútbol es uno de los negocios más lucrativos del mundo, gracias a la gran cantidad de público que congrega en los estadios, a los patrocinadores multinacionales y sobre todo a las transmisiones de radio y televisión que generan enormes utilidades, y los sueldos de los futbolistas, pues nada que ver con los que gana cualquier mortal que se dedique a otra profesión como la literatura por ejemplo.

Conversando con Oscar Pablo Lizardo, quien vive en Sao Paulo y trabaja para una empresa de marketing, me acercó una investigación que estaba haciendo sobre la difusión de la cultura en Brasil y me quedé con boca de Gooool! Me pareció sorprendente que desde hace aproximadamente unos 15 años, con el advenimiento y la aplicación de las técnicas de marketing, la literatura pasó a formar parte de un segmento de la industria cultural, como la música y el cine. La producción de libros por ejemplo en Brasil aumentó de 245 millones de ejemplares en 1980 a 340 millones avanzados los noventas. De esos 340 millones de ejemplares, apenas un 12% son llamados de literatura por las propias Editoriales y los títulos más vendidos tienen ediciones de 5 mil ejemplares, como en el caso de Paulo Cohelo, en un país de 170 millones de habitantes. El cuadro se vuelve más desalentador si tomamos en cuenta que 60 millones de brasileños son analfabetas funcionales (sólo saben leer y escribir) y que el 50% de la población no alcanza a tener 4 años de formación escolar. Una investigación realizada en 11 capitales del país, reveló que 57% de las personas no leyó ningún libro por placer o cultura en los últimos 12 meses y si a esto sumamos el costo de los libros, nos podemos dar cuenta también porqué la cultura en Brasil está rodando por las calles: un libro de literatura cuesta más o menos 25% del salario mínimo, o sea que si alguien desea adquirir un libro de Saramago, por ejemplo, deberá tener un muy buen empleo y muchos deseos de leer. Los libros más vendidos son los de autoayuda, los técnicos, historietas y nota roja. Y la poesía ni se diga, está casi fuera del mercado.

De visita en Brasilia, una de las mas nuevas ciudades del planeta. Hermosísima arquitectura, que proyectó Oscar Niemeyer, haciendo casi un museo al aire libre de obras de arte. Enclavada en la selva Amazónica, es una ciudad donde creí escuchar el grito de la selva que sufre, de la sabana que puja por volver. Brasilia es un paraíso de nostalgia, colores terrosos que recuerdan la tierra que casi es inexistente entre estos enormes monstruos de cemento, que acogen en su seno, a los humanos, una ciudad que me recuerda el centro de Dallas, Washington, Nueva York o la zona nueva de Berlín, Alemania, donde antes estaba el gran muro.

Brasilia es, un centro artificial de placer y modernidad, de sol y nubes bajas que acarician la cabeza, en un viento tibio que besa, para hacernos sentir bien. Es cascadas y planicies verdes; verde gramilla, verde hombre, verde trabajo, y es piedra, rusticidad bruta, que se esconde en sus preciosos rincones. Es naturaleza viva, en el zoológico del suburbio, es riqueza artificial y natural a la vez, es contradicción, dualidad. Es el canto de los pájaros cautivos que piden permiso a la naturaleza, para vivir en su casa y es el hombre moderno, es la globalización, es el mercantilismo y el poder, que sientes muy sutilmente. Es control y locura. Es toda leyes: leyes de transito, leyes de gobierno y poder, internacionales y nacionales, es el protocolo (rígido y frío), y es mas que nada, ley de la naturaleza que se ríe de esas leyes, les falta el respeto, es irreverente, y se ríe y ríe, de todo este material fuerte y noble, porque el Amazonas sabe, que ya le gano la partida al hombre...

En Sao Paulo, su centro son miles de edificios que pareciera un enorme panal de abejas, y repleto de vendedores ambulantes, similar al centro de la ciudad de México. En Río de Janeiro viví su gente y sus costumbres. Ansiaba con desesperación sentir el mar, la selva, de encontrarme en sus raíces frescas, de impregnarme de sus bonsai naturales, de sus espumas y sus vientos, de sus olores y sonidos, de su dorado, de sus verdes y su roja tierra... y mis pies sintieron el frío del mar de Río y vi sus altares en la arena y subí a la iglesia de la Virgen de la Peña y si, reconozco, no pude evitarlo, también estuve en el Estadio de Maracaná y me medí las huellas de Pelé porque finalmente Brasil es más que arquitectura moderna, ritos paganos, mares, carnaval, pobreza, incultura, escuelas de samba: Brasil es fut-bol.