Entrevista con Santiago Montobbio

Por Lina Zerón

Nació en Barcelona, 1966. Es Licenciado en Derecho y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Entre sus libros: Hospital de Inocentes (Madrid, 1989), Ética confirmada (Madrid, 1990), Tierras (Francia, 1996), Los versos del fantasma (México, 2003) y El anarquista de las bengalas (Barcelona, 2005). Ha colaborado en las principales revistas de España y América, como El Extramundi y los papeles de Iria Flavio, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica y Casa de las Américas. Ocupa la Vicepresidencia de España de la “Association pour le Rayonnement des Langues Européennes”, de Neuilly-sur-Seine.

Santiago recuerda que comenzó a leer y escribir poesía a los catorce años, pasadas ya las lecturas más de infancia, “es entonces cuando he de señalar el nacimiento de una vocación. Empiezo a leer con deslumbramiento y fruición a los grandes poetas del 27, maestros de una época auroral y fundadora. Recuerdo una antología de Jorge Guillén, Mientras el aire es nuestro, preparada por Philip W. Silver, en cuya introducción se comentaba el atrevimiento que sentía el poeta (¿poeta tú, como Homero, como Horacio?, se preguntaba) al empezar a escribir poesía, ya mayor, a los 25 años, cuando es lector de español en París. Yo tengo el mayor respeto por esos temores y pensamientos. En Barcelona y no en París empiezo a juntar palabras con igual o mayor temor. Pero también con la convicción que da el amor. Así recuerdo esas lecturas iniciales y decisivas, formativas, por la que me asomaba a un mundo nuevo y que me llamaban a cumplir con un destino: los poetas del 27 (conservo la estima, por ejemplo, por Manuel Altolaguirre, leído entonces, y de quien firmaría la defensa que de él hizo Cernuda, y predicaría, como él, el carácter espiritual y alado de su poesía), los poetas neogriegos de la generación de 1930 (Elytis, Seferis, Ritsos), o algún gran poeta catalán (Salvador Espriu y, ya un poco más tarde, pero también muy al principio, J. V. Foix). Y así empiezo a escribir a la sombra o bajo la luz de estas lecturas. Es un principio. Y pronto estarán presentes en lo que escribo (en germen, o en inicio) los rasgos y constantes que definirán luego mi poesía, que escribiré con intensidad y apasionadamente. Porque un artista ha de ser él mismo, y, tras esa fase inicial, puede llegar a serlo pronto. Puede alcanzarse la madurez artística al inicio de la juventud, y también que el artista tenga de algún modo conciencia de la altura alcanzada.”

Santiago afirma que escribimos para revelarnos a nosotros mismos, “esto quiere decir expresar lo que más profundamente somos: nuestras ensoñaciones, anhelos, desesperanzas, angustias, miedos, sufrimientos, soledades, sentires y pesares, que forman los hilos de un tapiz en el que se dibuja nuestro rostro más hondo y verdadero, que no tiene por qué coincidir con el que desearíamos ver reflejado.” asegura, que lo que escribimos, no tiene por qué gustarnos, que basta con que sintamos que es como hemos sentido que debía ser, “(Entre paréntesis y en este sentido recuerdo ahora lo que escribió Yorgos Seferis en uno de sus “Tres poemas secretos”: “El papel en blanco rígido espejo/ sólo devuelve lo que eres.// El papel en blanco habla con tu voz,/ tu propia voz/ no con la que te agrada”). Así escribimos para salvarnos. He escrito o dicho en alguna ocasión que la poesía es una rama civil y laica de la soterología, la ciencia de la salvación, y lo firmaría de nuevo. Podríamos relacionarlo con el antiguo y griego aspecto catárquico del arte, a través del cual purgaríamos o susperaríamos las pasiones que nos turban, y acertaríamos: así ciertos poemas sobre el suicidio (sobre los que algún crítico ha llamado la atención) pueden habernos ayudado a escapar de la tentación de éste, al expresarla (o realizarla de este modo en el poema), y, más en general, escribir poemas de indiscutible negrura pueden haber contribuido a que llevemos una vida equilibrada y que no trasluciría esta tonalidad. Escribimos, pues, para salvarnos, y para cifrarnos a nosotros mismos, en nuestra verdadera medida, con la profundidad que en verdad tenemos. (En cierto modo, la poesía también nos sobrepasa, ya que quedamos en ella transcendidos). Escribimos por necesidad, en una tarea que resulta como impuesta y que tiene de deber y de fatalidad. Y se escribe, también, desde un profundo amor. Con el desprendimiento y la convicción que sólo da el amor. Y escribimos a la aventura, con libertad, con sinceridad y generosidad, con valor y en cierto sentido también con inocencia, ya que también ella es necesaria, al igual que los otros elementos, para navegar por las cambiantes aguas de ese misterio que es (también en gran medida para quien la lleva a cabo) la creación artística y sus hallazgos. Puedo decir también que en mi caso he escrito, además, desde una profunda soledad y un independiente silencio.

Charlando con Santiago sobre el mejor momento para escribir, si en verdad es más talacha que inspiración, nos comenta que en una entrevista de sus últimos años, Carmen Martín Gaite afirmaba que, a la hora de escribir, a la inspiración la veía llegar con alas y todo. “Le demos el nombre que le demos, y la definamos como la definamos (extremos en los que no voy a entrar), coincido en que el elemento que llamamos inspiración está en la base de la creación artística, y que resulta indispensable, si ésta es auténtica. La importancia del talento natural en el artista resulta capital. (Pavese decía, por otra y la misma parte, que en arte no vale la experiencia, sino la experiencia interior). Creo que el arte nace del fondo de uno mismo, y que no puede aprenderse de otro. Puede ser alentado o estimulado, pero no adquirido, si ya no lo llevamos dentro. Asimismo, otro extremo que me reafirma en ello es el modo en que escribo los poemas.”

Su mas reciente libro: “El anarquista de las bengalas” se publicó en Barcelona, en la colección Biblioteca Íntima de March Editor, en otoño de 2006. Fue finalista de los Premios Quijote en la modalidad de poesía, que concede la Asociación de Escritores de España para premiar al mejor libro publicado en el año 2005 mediante votación de sus socios. Con este libro el lector puede tener un panorama más completo y cabal de la poesía de Santiago Montobbio, y apreciar mejor en qué consiste ésta, tanto en sus diversos modos como en su conjunto y el nos aclara: “Es una poesía que estriba en una voz que viene de sí misma y se reparte en voces varias; podría señalarse cómo éstas se enzarzan por encima –o por debajo- de sus formas y etapas diversas, coetáneas o sucesivas, logrando delimitar un territorio que aun pudiendo parcelarse sigue siendo el mismo, y cuya edificación entraña una quizá difícil y desde luego plural coherencia.”

Actualmente Santiago está organizado un libro completamente inédito, “Absurdos principios verdaderos”, con textos contemporáneos de los de “El anarquista de las bengalas, Tierras y Hospital de Inocentes”, y que significa una aportación nueva a su poesía. Porque en algunos de sus poemas se desarrollan y llevan hasta su extremo (aunque no más allá) las posibilidades que encerraba su poesía, y el libro resulta así una constelación de éstas. Pues en este constante hacer (y deshacer) en los recovecos del texto nos encontramos con formas, modos, tonos, andaduras y acentos nuevos. Estos hallazgos resultan consustanciales a la labor poética, están en la misma naturaleza de su actividad. “Tengo la belleza fácil y es una suerte”, empieza el poema que Eluard tituló “La palabra”. Agrega: “Y la palabra poética no es, no podía ser una palabra cicatera; posee la incorregible generosidad de la sobrada de ideas, recursos y posturas, la fuerza y dinamismo, en fin, de quien puede estar siempre regalando inquietantemente algo. Así y con ella se han desarrollado estas posibilidades encerradas en mi poesía. Porque estos modos estaban ya en ella, y podían adivinarse en poemas ya presentes en anteriores libros, de los que son prolongación natural”.

Próximamente saldrá publicada una antología de sus poemas traducidos al francés por una editorial en París. Otra antología se publicará en Italia, y está ahora en preparación y proceso de traducción, que se llevará a cabo dentro de un Programa de Doctorado de la Universidad de Siena.

Al concluir la charla comentó: “No escogemos lo que escribimos sino que se nos impone, como un deber, una necesidad y una salvación. Quiero creer ahora que del mismo modo se nos puede imponer el silencio, y también que éste forma parte de mi poesía, y que con él se completa. El silencio apuntala la poesía que escribimos, que no sólo se dibuja sino que adquiere autoridad a través de él. Sus palabras quedan así perfiladas, nítidas, como más recortadas en sí mismas, con la profundidad que más verdaderamente les corresponde, y que gracias a él han alcanzado.”

Selección de poesía de Santiago Montobbio.

ESCENA

Nosotros esperábamos jinetes, jinetes no sabíamos de quién,
jinetes quizá de nadie. Alguien tenía que enviar jinetes,
eso nos dijeron, por eso los esperábamos. En calmar llagas
con vendas de silencio
matábamos el tiempo. Así
esperábamos jinetes. Pero
ya no esperamos. Porque en esto
se nos fue la vida, pueden
reírse, en esta escena.
Todo
era un engaño.

EL TEÓLOGO DISIDENTE

No existe la muerte, no ha existido nunca.
Aunque bajo su amenaza haya vivido el hombre,
en su mentira, no existe la muerte, no existe,
y si adivináis tras la luna el exacto rostro
de la ausencia, si con olvido miráis
la pupila oscura de la espera
entenderéis que no existe, que de verdad no existe
y que cómo iba a existir ella y qué nombre
hubiéramos podido darle entonces a esta tierra.

BIS

Es la historia de siempre y también
en la que hay más enredaderas: una vez
nos dieron la tierra, pero
como nos dio la sensación de que no era
sino otra forma de engañarnos y hacernos perder
el tiempo entretejiendo
la ilusión de que algún día
íbamos a poder hacer algo con ella
dejamos que se nos muriera.
Sin llegar siquiera
a ser un inútil consuelo nos queda
la literatura como forma
de tomarle el pulso a las miserias.

VUELTA

Crepusculaba amenazas y con fingidos jazmines
carne daba a miserias o batallas
por conseguir ponerse nombre
a través de papeles o misterios sepultados:
cinturas con livianas mordeduras de hambre,
martillos, rojos, clavados adioses y ojos
con demasiadas tortugas como para ser fotografiados:
crepusculaba, del cielo precisamente huérfano
nostalgias de sí o de nada
crepusculaba.

ÚNICA EDAD

Porque alguien fue un instante hermoso
y de antiguos, nunca escritos libros rescató
palabras parecidas a piedad -o casi tan extrañas-
ante la impasibilidad estéril de los muros
como en un final cualquiera comprendimos
que la única edad del hombre es la que calla.

¿FÁBULA Y SIGNO?

Como jamás habíamos pensado que Dios podía ser tan pequeño
como para dudar de su propia existencia
nos sorprendió encontrarlo con los dientes desnudos
en las orillas del frío.

Dichosos por saber que lo teníamos dentro,
lo tendimos al sol, como si fuera una fiesta.

UNA MUJER

Una mujer se hace así: sobre las espinas del sueño,
con un poco de luna y como escogida cárcel
donde la luz se amanse. Una mujer se hace así,
y si no debería hacerse de un modo parecido.

HISTORIA GRIEGA

Noche ni con más noche se consuela. Después
que un árbol arrancado probó a con sus
sombras congraciarse ofreciendo a las pequeñas,
diarias muertes caramelos exilio
de nadie se ha hecho el verso:
hasta el estúpido oficio de leerle al tiempo
las líneas crueles de su mano se ha perdido.

TODA HISTORIA

Toda historia es simple y se me olvida.
Quizá me fui a tomar café, quizá la amaba
y me perdí entre jardines de piernas esmaltadas
que fueron juncos trenzados de palabras
y después retama que mi lengua de trapo
había hecho trizas. Quizá fue el amor,
quizá el café, tal vez la noche. El recinto
sin madrugadas, con sangre y lunas rotas,
el recinto, el barranco de dientes oxidados
o el valle de hojas de afeitar dulcísimas
no hería o no existía. Quizá fue el café
o fueron sus piernas, o quizá la amaba.
Toda historia es simple y se me olvida
en las axilas de mi ciudad tristísima.
Sabedlo ya: mis ojos no se acuerdan de qué miran.

URBE

Me han dicho que por aquí vive un poeta
que a fuer de humano ha llegado a celestial, dije.
Y añadí: si cree que es broma, ahora viene lo bueno:
lo digo totalmente en serio. En antiguas hojas
crepitaba el silencio. Completé rompiéndolo:
nombre no tiene, porque vive
precisamente en su busca. !Ah, ese!,
contestó el mesonero. Dicen que se hizo unos andamios
con sonetos celestes, pero la verdad es que nadie
sabe bien dónde para. Probaré si hay suerte, dije.
Y así vi sujetos, telarañas trenzadas por ellos
con sus misterios y cómo entre todos reunían
la leña de los verbos para irse juntos
al fuego del Gran Verbo. Pero no. No
he podido verlo: está ya muy lejos,
y ha llegado a ciudad extraña, una ciudad
fundada por él o sus sueños y donde
yo me pierdo porque en ella las calles
trazan su cara. Algunos sí que tienen
buenas artes poéticas, pensé al saberlo,
y al pensarlo sentí al momento
que a mí me quedaban derrotadas
las noches, sus imbéciles desiertos.

EL ANARQUISTA DE LAS BENGALAS

Yo soy el anarquista de las bengalas,
el anarquista único, el que permanece y pasa:
he tenido nombres en los que dormían las frutas
de los corazones raros. A todas horas trabajo,
y en especial cuando la gente afirma
que no hago nada. Sé lavarme el alma
sobre papel y nada, colocar bombas de relojería
en las ciudades que siento en las espaldas,
buscarle y con olvido las cosquillas a un amor
que prefiguro con distancia y a través de todo eso
seguir estando en todas partes habiéndome
marchado.
Porque yo soy
el anarquista de las bengalas. Cada vez
que enciendo una tu corazón
y mi corazón se apagan.

PÓSTUMO

De todos mis amigos
yo tuve la muerte más extraña:

con el alma dislocada
fui silencio por la página.

¿DE PARTE DE QUIÉN?

En nombre de Dios abandonamos las señales en el aire.
Nos quedaba el vivir, el vivir sin trabas,
en nombre de nadie. No apostamos por él
(nosotros, jamás apostamos), pero éramos jóvenes
o tenían aún luz las palabras
de unos versos extraños
que el corazón cifraba.
La tarde era una niña a quien abrazábamos
riendo en la mañana falsa, y el alcohol
y su excitante plata, que luego fatiga y araña,
nos hacía andar sin camino, mas fuera de prisa.
Era dulce no tener principio y menos aún destino.
Era dulce estar en el aire, atravesar el tiempo,
ser el vivir que no sabe o sólo nace
cultivando cuerpos que dormían como naranjas buenas
tras los ojos.
Pero llegó la noche, última, terrible y sin aviso,
para segarnos las miradas y del amor dejar asfalto.
Fueron las ciudades un insomnio y cualquier alma
se hacía pequeña en sus estanques. Adiós y sangre,
adiós continuo los gestos, los verbos y los días.
No teníamos nada: ni cornisas torpes, ni palabras caducas,
sólo ciudad e insomnio, un cartón sin colores
para recortarnos en él y no tener padre.
Entonces mordimos el cartón y miramos al aire.
Qué buscábamos pájaros muertos lo saben:
un olor de mañana sobre una risa afable.
Quizá no debíamos, nosotros, los perdidos.
Pero lo hicimos, e intentamos que una lluvia volviera
sobre las derrotadas estancias, y para vivir nomás,
para vivir sin tener que hacerlo en nombre de nadie.
Hablo en plural para fingir no estar tan solo,
o quizá es que en esta noche ya soy todos.

CONFESIÓN ÚLTIMA

De entre la mentiras una de las que prefiero
es la luna. Antigua o perdida, ni los locos
la creen, y con sus torpes palabras pueden
fabricársele torpes vestiduras. Porque
el poeta -gata falsa- a veces no está
para cielos o pájaros es por los que os hago
una confesión última. De la noche
no hablo. Porque sin engaño o niño
cómo osar decirte
que la noche es mentira.

LO DIJO EL POLICÍA

Las memorias se venden bien, pero su precio oscila.
Depende de si guardan árboles, lagos, travesuras de infancia,
columpios o lunas, algo que se llamó ideales
y también amores, abuelas tiernas, huesos, frutas.
Sí: los sueños ya suben mucho, y sobre todo algunos.
Y para poco gasto tenemos las de algunos que sólo cuentan
tiempos perdidos y que a los sumo fingen
llagas de sombra con rostros de tarde o de tortuga.
Nada es. Pero alcanza a cualquier bolsillo.
Yo ya siempre lo había dicho: las memorias
de los poetas castrados
nunca valdrán un duro.

EL MENDIGO

Al pie de una cuesta olvidada o llovida,
al pie de una ajena infancia acaso, detrás de la tierra
y muchísimos años después de que tuviera nombre todo
olvidado o llovido sólo pide en su entierro el mendigo
que en monedas le sean dadas las limosnas, pocas o muchas.
En monedas. De cobre o de espanto y, a veces, con el sonido
de los abrazos perdidos, en monedas siempre, en monedas raídas.

Pues si alguien se olvidó de los relojes
y otra noche aquí aún llega
se las pondrá en los ojos, para no ver,
una por una. Para no ver -noche vacía-,
para no ver o para recordar saberse
tan muerto como su sonido.