Arte y Revolución

 Por Lina Zerón

Cuando en 1830 Delacroix pinta “La libertad guiando al pueblo”. Inspirado por la revolución francesa de ese mismo año, crea uno de los primeros y casi sin duda uno de los más claros símbolos, de lo que más tarde se definirá como: “Arte revolucionario”. Desde esa época hasta nuestros días, arte y revolución han confraternizado de una manera notable. Siendo en no pocos casos su mejor reclamo publicitario, para idealistas y regímenes políticos que usaran de ellos y en no pocos casos abusaran de ellos, convirtiendo lo que es la expresión natural e individual de una idea o creencia en un dogma, en cierto academicismo revolucionario, tan presente en la etapa comunista o fascista que muchos países vivieron en el pasado siglo XX. Un arte, que va perdiendo expresividad al tiempo en que deja de ser la manifestación de un sentimiento, para convertirse en tema obligatorio de trabajo. Pero vamos a centrarnos en el primer caso, en el artista revolucionario.

Hasta finales del siglo XVIII, el artista, ya sea escritor, pintor, escultor o músico; es considerado un sirviente especial, en casa de los nobles. El artista depende exclusivamente del mecenazgo del señor y el arte que este produzca estará orientado al gusto del pro-hombre al que van dirigido. Pongamos por ejemplo el teatro: Shakespeare era muy aficionado a escribir escenas de lucha y muerte en sus obras, a tal grado que muy pocas obras del genial escritor inglés se libran de la violencia en alguna de sus escenas. Por otro lado, Luis XIV de Francia, hombre capaz de declarar una guerra por que le daba “la real gana” era muy poco propenso a tolerar cualquier tipo de violencia sobre las tablas. Así que en la obra de Rancine, contemporáneo de Shakeaspeare y dramaturgo de la corte del rey sol, no hay en sus obras ni una escena de violencia, haciendo en algunas de estos dramas, verdaderos malabarismos para evitar este tipos de escenas que amputadas de esta manera pierden algo de carga dramática. Del mismo modo en muchas de las composiciones de los grandes músicos clásicos, como Hendel, Haidin, o Bach, podemos encontrar un instrumento cuya partitura es muy sencilla y fácil de interpretar, esto se debe a que muchos de los reyes y nobles para los que trabajaban eran aficionados a este u otro instrumento sin ser por ello , claro está, grandes interpretes, y así durante siglos, grandes monarcas y no menos altos nobles ofrecieron para el deleite a sus siempre adictas cortes, fastuosos conciertos donde una orquesta intenta aplacar y disimular la torpeza del señor que los paga delante de una espinela, una flauta, un violín, etc. llegando a casos como el de Mozart que nos ha dejado numerosos conciertos de flauta, siendo este un instrumento que el compositor austriaco consideraba aburrido en su tono, aunque estaba verdaderamente de moda entre las clases altas de la época. Justamente, o quizás por ello, algo de lo que nunca estaremos completamente seguros, es si fue Mozart el primer artista en intentar una independencia total respecto al mecenazgo de la nobleza. No lo consiguió, y no por que no contara con el reconocimiento del público y con ingresos; sino por su carácter despilfarrador y festivo. Será Bheethoven igualmente genial aunque considerablemente menos frívolo el que consiguiera ya no sólo independencia económica tan esencial para el creador, sino que hasta podrá acumular una pequeña fortuna. Bheethoven es por tanto el primer artista libre de la historia. Con él nacerá una nueva manera de orquestar. Las partituras libres ahora de arbitrariedades y de la torpeza que la sangre azul no podía remediar, se hará más compleja, más intelectual. Con Bheethoven vendrá la era de los grandes intérpretes, del virtuosismo, del músico-superestrella, querido, adorado por miles de fans, que tendrá en el pietista Franz List su máximo exponente.

El mundo pasa de ordenar al artista a admirar, a esperar del artista. Bheethoven será el primer artista libre, lo que no le impidió dedicar la tercera de sus Sinfonía, la “heroica” a Napoleón, que por aquellos años andaba conquistando Alemania. Quitando la mayor o menor admiración que el compositor pudiera sentir por el político y militar francés, nos demuestra que se puede se consecuente sin dejar la libertad de banda, al menos en apariencia.

El artista es un hombre libre, tiene fama, las grandes fortunas y las pequeñas rentas buscaran sus obras y sus presencia en los salones. La revolución industrial ha dado toda una clase social que busca cultura para afianzarse en un estatus de no-plebeyos el arte se los proporciona, llenarán salones de arte, galerías teatros, bibliotecas. En la época moderna se diferencia a los siervos de los señores más que por el apellido, por tener una obra de cierto artista colgada de sus paredes.

Esta adoración por el arte y la cultura desembocara en la aparición de uno de los más carismáticos seres que ha dado la civilización occidental “el intelectual” cualquier revolución a partir de ahora será intelectualmente correcta. Buscará los apoyos de los grandes comunicadores, los artistas, estos se rendirán de mayor o menor manera a las ideologías revolucionarias. El artista siempre será demasiado libre para el dogmatismo, casi de fe del ideólogo. Por eso su apoyo siempre será el más valorado. Así Rimbaud hará gala de un revolucionarismo canalla que no interesará ni a los propios revolucionarios, que siempre verán en el arte un medio mas que un fin. Hasta Verdi, que su propio nombre escrito en las paredes de toda Italia servían como grito de guerra, a los que veían a Victoreo Enmanuelle Rey Di Italia.

Para terminar una reflexión. Volvamos al cuadro con el que hemos comenzado el articulo. “La libertad guiando al pueblo” de Delacroix. Un año después de haberlo pintado, el gobierno que salió de esa revolución que el inmortalizó en su lienzo, compró el cuadro y lo escondió en uno de los pasillos más oscuros del Palais Royal, unos años después, sería trasladado a un pasillo aun mas oscuro en el palacio de Luxemburgo. Tuvieron que pasar cincuenta años, para que alguien se acuerde del cuadro, lo rescate de su ostracismo y lo deposite donde aun hoy podemos encontrarlo, en una de las principales salas del Louvre, a pocos pasos de la Monalisa. Y es que la revolución siempre será incomoda hasta para los mismo revolucionarios, quizás siempre demasiado temerosos de peder el poder de la misma forma cruenta que lo obtuvieron.